miércoles, 16 de octubre de 2013
el amor...
Constantemente uno recibe expresiones del prójimo que rápidamente encuentran un lugar en el catálogo taxonómico de nuestro juicio. Bajo este principio es que frecuentemente me he encontrado pensando en mis ganas de fusilar a diversas personas. Entre mis candidatos favoritos al pelotón, ocupa un muy destacado lugar el autor (anónimo para mí) de una canción que alguna vez escuché en medio de estremecimientos varios y que decía a la letra: "el amor es un chico pequeño, travieso y risueño, amargo y gruñón". Evidentemente, la estrofa representa las capacidades de un badulaque, pero, ¿qué pasa si buscamos mayor respetabilidad? Los resultados son igualmente desalentadores: "Amor: emoción explorada en filosofía, religión y literatura; se puede tratar del amor romántico, el fraternal o el amor a Dios", dice un texto al que acudo en busca de ayuda y que me deja en las mismas. Desde luego una acción desesperada nos puede remitir a una tarjeta de Sanborn´s o (si queremos navegar en el río de la modernidad) a una felicitación virtual, pero el resultado será el mismo, el amor es "entregarlo todo por el que se ama" (Hallmark dixit). Ese es el problema de las definiciones y su acartonamiento: que no son otra cosa que el cumplimiento de nuestra obsesiva necesidad por establecer límites, por acotar con cercas de alambre al mundo que nos rodea. Sin embargo, es obvio que hay diferencias. Si se nos pide definir una silla, tendríamos que sufrir alguna forma benigna de retardo mental o poseer una capacidad intelectual equivalente a la del badulaque inicial, para no expresar con toda claridad que tal artefacto es un invento humano que permite a la gente doblar las rodillas y recargar los glúteos sobre un cuerpo sólido que cuenta con un respaldo con el fin de descansar, que las hay de diversos materiales y tamaños y que su invento se remonta al siglo fulanito de tal. Pero, ¿y el amor? . Parto de una paradoja sin aparente solución; una premisa científica básica es la de precisar inequívocamente el objeto de estudio. "Vamos a estudiar la estructura del ADN", se propusieron Watson y Crick allá por los años 50 y a ello dedicaron su muy valioso tiempo. Sin embargo, al introducir estas líneas he tratado de explicar el berenjenal que significa definir el sentimiento amoroso. Es por ello que el problema adquiere una dimensión que pudiéramos calificar como canija. De cualquier manera considero que algo se puede decir sobre el tema, así es que avanzo procurando no aburrirlo con esta renuncia anticipada. La ciencia, desde el Renacimiento, se propuso una meta y varias formas para alcanzarla. La meta era el progreso entendido como la búsqueda del bienestar común. Las formas son una serie de métodos que se han refinado con los años hasta alcanzar la consistencia de una armadura de tungsteno: medir, repetir, verificar y demostrar en la búsqueda de un concepto enormemente jabonoso: la verdad. Es obvio que este dique tiene flancos; la verdad es una construcción social que se modifica con el paso del tiempo y la adquisición de nuevas convenciones depende en gran medida de un contexto que permita su expresión. Lo que es válido en un momento (aceptar que a Sir Gawain se lo comió un dragón) deja de serlo en la medida que el mundo cambia (la evidencia zoológica de que los dragones no existen y en realidad son el producto de la costumbre de inhalar volátiles por parte de los antiguos). En este sentido, el concepto amoroso ha sufrido modificaciones diametrales desde que el maestro Platón disertó sobre el tema a través de un diálogo. En el Medioevo se crearon leyendas amorosas que idealizaban el adulterio, como la del Rey Arturo, ornamentado por su amigo Lanzarote, y Shakespeare nos legó tragediones que harían palidecer los casos de la vida real que nos ofrece cotidianamente la señora Pinal. Los filósofos también han cortado tela y han definido al amor como una carencia, también como un proceso que se enfrenta dialécticamente con el odio y como una posibilidad sublime de expresar sentimientos hacia otros. Ante estos procesos los hombres de ciencia han guardado siempre un prudente silencio. La aproximación de menor riesgo con la que los científicos han enfrentado al amor es evidentemente paramétrica y basada en indicadores medibles. Los psicólogos reconocen tres emociones básicas: el amor, el miedo y el enojo, y las definen como reacciones ante diversos estímulos que se manifiestan en la forma de cambios fisiológicos, como el aumento de la frecuencia cardiaca, sudoración o alteraciones en la temperatura. Este acercamiento tiene riesgos; en la búsqueda de causalidad, los trabajos científicos modernos han tratado de establecer correlaciones entre variables aparentemente sin conexión alguna. Los anestesistas, por ejemplo, sufren menos ataques cardiacos que el resto de los médicos, según un estudio reciente. De la misma manera se puede hacer una encuesta en un hospital y preguntar a todos los que salen vivos de una peritonitis si están enamorados y, en caso de que la respuesta sea negativa, concluir que un antídoto contra la enfermedad es no dejarse llevar por los tañidos del amor. Asimismo, se puede buscar la zona límbica responsable del amor (que puede ser del tamaño de un chícharo) y tratar de manipularla con el fin de curar lo que los clásicos como Cuco Sánchez llaman "el mal de amores". (Imaginar en este momento a Marco Antonio plagado por electrodos que se conectan a una terminal mientras besa a Cleopatra). Lo mismo que ninguna ciencia puede anticipar el lado de una moneda que quedará sobre el piso al lanzarla debido a la carga multifactorial de este evento, sería muy poco razonable pretender que el amor se explicara debido a razones binarias o simples de aislar. Se vuelve obvio entonces que estamos rozando los límites de lo absurdo, pero ¡atención! El hecho de que neguemos una aproximación de rata de laboratorio hacia los efluvios amorosos no quiere decir que éstos no existan. No se me ocurre que ningún científico razonable niegue el hecho de que el amor está presente en nuestras vidas simplemente porque no se puede aproximar metódicamente a él. De hecho, creo que debemos agradecer estos límites que nos muestran que la ciencia -esa gran dictadora- tiene cotos, y que esos límites nos permiten suponer, para nuestra ventura, que los procesos culturales se pueden imponer a una suerte de determinismo en el cual las cartas por repartir están marcadas. Sería lamentabilísimo tener conciencia de que al nacer seremos evaluados por una robusta enfermera que, después de aplicarnos un proceso de sonda cerebral, concluya que nuestra capacidad de amar será de 0.8, mientras que la de nuestro vecino de cuna es 1.2 y que nada de lo que hagamos por revertir tal destino tendrá resultado (tan grave como asumir que nuestra carga genética nos marca un principio de agresión del cual es imposible sustraernos y es por ello que peleamos en guerras y guerrillas a pesar de nuestros esfuerzos políticamente correctos por alcanzar la paz). El amor ha producido suicidios, guerras, poemas, canciones, esculturas, películas, obras sinfónicas, ensayos, edificios, leyendas, adulterios, crímenes, incestos, locuras y traiciones, pero no a un científico que se aproxime hacia este sentimiento y logre escudriñar en él de tal manera que nos lo muestre tal y como es, lo que no puede sino parecerme perfecto. ¿O no?
lunes, 23 de septiembre de 2013
Manifestaciones
La primera (y desde luego, la última) vez que asistí a una manifestación,
estaba yo en la facultad y mi nivel de confusión cerebral era tal que
no tengo la menor idea de lo que se manifestaba, ni qué carajo hacía yo
ahí. Éramos un grupo lamentable caminando por las calles de la gran
ciudad con cartulinas decoradas con plumón y gritando cosas como
“¡Fulanito de tal…amigo, el pueblo está contigo!” o “¡No pasarán!” (lo
anterior en función al motivo de la manifestación que podría haber sido
la liberación de un señor o el alto a las cuotas, pero como ya expliqué,
no lo recuerdo).
Los que vivimos en esta muy noble y leal ciudad de México somos seres
curtidos en el arte de enfrentar las manifestaciones como los antiguos
enfrentaban las siete plagas bíblicas.
Va uno muy tranquilo sobre eje central cuando de pronto se aparece una turba comandada por algún luchador social que se interpone entre el auto y su destino mientras empieza a arengar a los manifestantes que normalmente son gente que no tiene la menor idea de lo que hace ahí pero sí la conciencia de que le conviene asistir so pena de perder una lana, una torta o el crédito de una casa. Tengo la impresión de que los motivos de los marchantes han perdido vigor ya que bastan veinte señores y señoras que están muy molestos porque se instalará una gasolinera o porque en su escuela la directora es una arpía para bloquear la lateral de periférico y exigir una solución. El libro de procedimientos gubernamentales es previsible como un meteorito y consiste en pedirle a los quejosos que formen una comisión que dialogará con la autoridad para “analizar el caso”, lo que sigue es una muestra de capote por parte del funcionario correspondiente, una nube de gente insolándose, policías observando el evento con cara de nada y cientos de automovilistas mentando madres.< Las reacciones también son predecibles y de una hueva infinita. Los legisladores dicen que “hay que regular las marchas” y no regulan (seamos castizos) una chingada, los líderes de opinión edulcorados argumentan que “las manifestaciones no deben violar los derechos de terceros” y los resguardatarios de derechos humanos exclaman que “hay que respetar el derecho a la libre manifestación”. El resultado es tan productivo como un encuentro intelectual con Capulina y las manifestaciones se multiplican como los panes, día con día.
Dentro de la tipologías de manifestantes se encuentran varias categorías. Los hay efectistas que arrastran reses hasta una secretaría de Estado para luego sacrificarlas, otros bloquean carreteras, algunos portan machetes y unos más tiene una capacidad logística digna de los boy scout que les permite en diez minutos llegar al zócalo instalar un camping, poner anafres, orinarse en los arriates y pernoctar durante semanas volviéndose parte del paisaje urbano, lo mismo que un pirul. Sin embargo los que me parecen insuperables son los señores y señoras de los cuatrocientos pueblos que comparten costumbres con Wanda Seux, esto es, encuerarse porque pasó la mosca. El espectáculo es notable, porque notable debe ser que uno vaya caminado por avenida de la Reforma a cambiar un cheque cuando al doblar la esquina y de la nada le salga un señor desnudo que quiere la justicia social.
Hace poco el doctor Mondragón y Kalb dijo lo que pensaba y que se resume en la siguiente frase “si de mí dependiera los sacaba a patadas”. De inmediato se produjo la mexicanísima reacción en cadena. “Que se disculpe” dijeron los políticamente correctos “tiene razón” pensaron los políticamente incorrectos y lo que vino después fue el papelón ese de salir al paso y decir cosas como “se me interpretó mal”, que es francamente una salida muy poco digna. El caso es que en esta ciudad vivimos las manifestaciones como un rasgo cotidiano y distintivo. Como no le veo remedio sugiero que nuestras autoridades de turismo, incorporen en sus planitos y rutas el tema de los marchantes explicando que esa gente encuerada, o la que trae machetes, o la que le mienta la madre a las injusticias de la vida, es parte de nuestros usos y costumbres y en consecuencia patrimonio capitalino. De esta manera creo que evitaremos frustraciones ¿o no?
Va uno muy tranquilo sobre eje central cuando de pronto se aparece una turba comandada por algún luchador social que se interpone entre el auto y su destino mientras empieza a arengar a los manifestantes que normalmente son gente que no tiene la menor idea de lo que hace ahí pero sí la conciencia de que le conviene asistir so pena de perder una lana, una torta o el crédito de una casa. Tengo la impresión de que los motivos de los marchantes han perdido vigor ya que bastan veinte señores y señoras que están muy molestos porque se instalará una gasolinera o porque en su escuela la directora es una arpía para bloquear la lateral de periférico y exigir una solución. El libro de procedimientos gubernamentales es previsible como un meteorito y consiste en pedirle a los quejosos que formen una comisión que dialogará con la autoridad para “analizar el caso”, lo que sigue es una muestra de capote por parte del funcionario correspondiente, una nube de gente insolándose, policías observando el evento con cara de nada y cientos de automovilistas mentando madres.< Las reacciones también son predecibles y de una hueva infinita. Los legisladores dicen que “hay que regular las marchas” y no regulan (seamos castizos) una chingada, los líderes de opinión edulcorados argumentan que “las manifestaciones no deben violar los derechos de terceros” y los resguardatarios de derechos humanos exclaman que “hay que respetar el derecho a la libre manifestación”. El resultado es tan productivo como un encuentro intelectual con Capulina y las manifestaciones se multiplican como los panes, día con día.
Dentro de la tipologías de manifestantes se encuentran varias categorías. Los hay efectistas que arrastran reses hasta una secretaría de Estado para luego sacrificarlas, otros bloquean carreteras, algunos portan machetes y unos más tiene una capacidad logística digna de los boy scout que les permite en diez minutos llegar al zócalo instalar un camping, poner anafres, orinarse en los arriates y pernoctar durante semanas volviéndose parte del paisaje urbano, lo mismo que un pirul. Sin embargo los que me parecen insuperables son los señores y señoras de los cuatrocientos pueblos que comparten costumbres con Wanda Seux, esto es, encuerarse porque pasó la mosca. El espectáculo es notable, porque notable debe ser que uno vaya caminado por avenida de la Reforma a cambiar un cheque cuando al doblar la esquina y de la nada le salga un señor desnudo que quiere la justicia social.
Hace poco el doctor Mondragón y Kalb dijo lo que pensaba y que se resume en la siguiente frase “si de mí dependiera los sacaba a patadas”. De inmediato se produjo la mexicanísima reacción en cadena. “Que se disculpe” dijeron los políticamente correctos “tiene razón” pensaron los políticamente incorrectos y lo que vino después fue el papelón ese de salir al paso y decir cosas como “se me interpretó mal”, que es francamente una salida muy poco digna. El caso es que en esta ciudad vivimos las manifestaciones como un rasgo cotidiano y distintivo. Como no le veo remedio sugiero que nuestras autoridades de turismo, incorporen en sus planitos y rutas el tema de los marchantes explicando que esa gente encuerada, o la que trae machetes, o la que le mienta la madre a las injusticias de la vida, es parte de nuestros usos y costumbres y en consecuencia patrimonio capitalino. De esta manera creo que evitaremos frustraciones ¿o no?
lunes, 14 de mayo de 2012
BANCOS...
Mi experiencia en materia bancaria es tan vasta como la que poseo acerca
de la literatura noruega del siglo XIV, los bancos son para mí un mundo
misterioso que ha evolucionado desde la idea genial de algún
emprendedor consistente en pagarle a alguien por guardar su dinero,
hasta instituciones todopoderosas llenas de ventanales y jergas
inaccesibles como cetes, tasa líder o rendimientos líquidos. Al igual
que usted, querido lector, he tenido que asistir a los bancos con el
propósito de realizar algún trámite ineludible.
Normalmente se llega a
una especie de gusano en el que la gente madrugadora ya está haciendo
cola. Uno toma el turno que le corresponde y se dispone a esperar. El
tiempo normalmente es el mismo que tomaría armar un vehículo compacto
por lo que la sugerencia es llevarse las obras completas de Tolstoi.
Cuando uno finalmente llega al último de espera se inicia la cacería de
un foquito que se prenda y apague indicando la caja que está
disponible. El ejercicio supone una presión equivalente a la que sufren
los estudiantes japoneses ya que normalmente la gente que viene atrás
se encuentra tan exasperada que si uno no reacciona en tres segundos,
viene un codazo y la indicación de a donde dirigirse. El contacto con el
cajero o cajera es normalmente equívoco ya que se realiza a través de
un vidrio blindado de dos pulgadas que si bien evita que los rateros se
lleven la lana, no es precisamente un artefacto que favorezca la
comunicación (en una ocasión entendí que la cajera me decía: “¿es usted
el efectivo?”).
En una de cada tres ocasiones el cheque no se puede cambiar por razones diversas; que van desde la falta de una identificación adecuada hasta que las firmas no coinciden pasando porque “no hay sistema”, esta última explicación es muy funcional ya que, a diferencia de no poseer la credencial de elector o haber firmado el cheque en estado de ebriedad, le asigna una responsabilidad decisiva al éter y contra eso no hay manera de sentirse agraviado.
Con el sistema bancario han ocurrido cosas muy curiosas; originalmente era propiedad de señores muy ricos a los que les dio el supiritaco de su vida el día que López Portillo anunció que la banca se nacionalizaba, para el ciudadano común (es mi categoría) la decisión no era clara y probablemente obedecía a que los banqueros eran una punta de desleales a la Nación. Posteriormente quedó claro que los que se habían clavado la lana eran justamente los gobernantes y Miguel de la Madrid decidió enmendar la situación volviendo a vender los bancos. Me explican que éstos fueron una ganga y permitieron que gente con los talentos de Cabal Peniche o El Divino armaran su patrimonio y el de diez generaciones de sus sucesores. Luego vino la crisis y entonces el gobierno decidió “rescatar” a los bancos que se iban a pique, para ello tomó el dinero que todos nosotros pagamos y anunció la medida como un acto de protección a favor de los ahorradores y no de la banca. Aquí empiezan los misterios; tengo conocencias que babeaban bilis cuando se anunció el subsidio a la leche liconsa pero no veo una reacción equivalente cuando el gobierno decide sacar del arroyo a un grupo de banqueros a los que en muchos casos nomás les faltaba el antifaz y el saco.
Acto seguido vino la apertura; de pronto uno entra a una cosa que se llama Scotia Bank o BBV que quiere decir que existen Bilbao y Vizcaya (esta última opción tiene la virtud de recordarnos las clases de geografía). La última noticia que recibí es que Banamex fué vendido por 12 mil millones de dólares y supuse, como lo haría cualquier persona que no es idiota, que si el gobierno le dio lana a Banamex para sobrevivir, la lana regresaría al erario, pero nones, no hay regreso ¿por qué? Porque a nadie se le ocurrió. La noticia se complementa con el anuncio de que la operación fué libre del pago de impuestos y finalmente la cereza del pastel nos la ofrecen las tasas de interés que pagan los bancos por los ahorros (una porquería) y los que cobran a los usuarios de tarjetas (un robo).
Y luego se quejan.
jueves, 29 de marzo de 2012
HéROES
Esos eran hombres.
Con el advenimiento de la era tecnológica todo cambió; ya no bastaba con señores que escupieran clavos al hablar, se necesitaba algo más drástico, la sociedad lo exigía. Así por ejemplo, los modestos mercados donde a un tipo igualito al Benemérito lo llamaban güerito para que comprara un kilo de aguacates, se convirtieron en Supermercados de carrito y viejas chotas. Las añejas carreteras nomás aumentaron dos carriles y transmutaron su nombre: Supercarreteras y convirtieron, como por arte de magia, en un menesteroso a todo aquel que no las transitara.
Super-cali-fragi-listi-coes-pira-lido-so, dijo el baboso de Dick van Dyke y todos los niños de la era Super, aprendimos que lo actual, lo que rifaba, era el uso de ese terminajo infame.
Los héroes no resistieron esta oleada modernizadora; sus enemigos ya no eran profesores Moriartys, o ingleses llevados de la mala. Nada de eso, las fuerzas del mal evolucionaron hacia formas francamente alarmantes: marcianos de intenciones inconfesables, sabios fabricantes de pócimas endemoniadas que volvían estúpido a quien las probara o seres parecidos a los chongos zamoranos que se comían todo lo que encontraban a su paso. Ante esta oleada de grandes males
se eligieron grandes remedios "que vengan los Superhéroes" dijo alguno.
Y ellos llegaron.
El ejemplo paradigmático de un Superhéroe era Kal-El, vulgarmente conocido como Supermán. La historia cuenta que a punto de estallar el Planeta Kriptón, Jor-El, un sabio muy chinguetas y padre de Kal, decidió salvar a su hijo y construyó una nave espacial en la que trepó al infante. En el recuento de hechos no se consigna la razón por la cuál el señor El (que era tan chinguetas) no le puso dos asientos más al vehículo, pero eso desde luego no importa.
La nave salió de Kriptón diecisiete segundos antes de la explosión y vino a dar a la Tierra, donde la encontraron una pareja de viejitos a los que se les había ponchado una llanta, eran Martha y Clark. El infante rápidamente dio evidencias de su notabilidad y levantó el coche para que Clark cambiara la llanta. Los Kent, en lugar de abrir un taller mecánico adoptaron al niño y le dieron su nombre. Pronto se dieron cuenta que el pequeño Clark, además de su fortaleza, volaba, podía freír huevos con su supervista y nada lo traspasaba... Supermán, señoras y señores.
Por alguna razón inexplicable, Supermán sólo podía ser Supermán en caso de emergencia. Esto determinó que adoptara la personalidad de Clark Kent, un tipo ejemplarmente estúpido que era reportero del diario El Planeta (en el que trabajaban una docena de tipos más estúpidos aún, ya que no se daban cuenta que Clark era igualito a Supermán nomás que sin lentes y calzones rojos). Los principales enemigos de Supermán eran: Lex Luthor un hombre que estaba furioso porque nuestro héroe lo había dejado calvo y el señor Mxwlpryzglm (o algo así), un enano que venía de la cuarta dimensión. Ellos sabían cuál era el lado flaco de Supermán; la kriptonita, una roca que -como los huevos divorciados- podía ser verde o roja. Si verde, debilitaba a Supermán y lo dejaba con la fuerza de un alfeñique. Si roja le ocasionaba severos trastornos de conducta que determinaran que hablara como tonto o que quisiera meterle mano a Luisa Lane.
Mi primer recuerdo de un Supermán televisivo es lamentable; veo a un señor francamente gordo que se faja los calzones hasta las tetillas y brinca por una ventana para luego suspenderse de unos hilos de nylon que se notan, mientras detrás del él pasa la misma nube sesenta y siete veces. A pesar de ello, en mi escala de valores de la Legión de la Justicia, Supermán era el incuestionable número uno, muy por encima de los inocuos Batman y Robin, cuya única gracia consistía en el uso continuo de Batimadres para combatir a los pillos. La tradición televisiva nos ha presentado a Batman y a Robin como un par de pendejos que dicen cosas como "recuerda Robin que los criminales han equivocado el camino" o "Santos gases asfixiantes Batman". Los enemigos del Dúo Dinámico eran de lo más variado; destacaba El Guasón (un tipo notablemente más simpático que Robin) y Gatubela, una señora que usaba antifaz, traje pegadito y que estaba muy buena.
Otra Superheroína era la Mujer Maravilla que se transportaba en un avión cuyo máximo chiste consistía en su invisibilidad. Marvila usaba un lazo mágico para atrapar maleantes y se vestía como prostituta de la Colonia Cuauhtemoc.
Estaban los Cuatro Fantásticos cuyos poderes eran muy diversos. Uno de ellos, el jefe, era elástico. Estaba la señora que se peinaba como Doris Day y tenía poderes mentales que le permitían crear campos de fuerza. Había otro que al grito de "¡llamas a mí!" (frase altamente recomendable en caso de un quemón), se convertía en una bola de fuego. El Guapo Ben cerraba el cuarteto. Sin duda de los cuatro amigos era el más notable; andaba en calzones, tenía cuerpo de piedra, boca de huachinango y era un patanazo.
Ya en el catálogo de los Superhéroes de pacotilla encontramos a Flash, un señor bastante baboso que corría a la velocidad del demonio y en las orejas traía las alas de Mercurio. Estaba también Birdman, el hombre pájaro y su amigo Vengador. Cada vez que Birdman necesitaba su traje de carácter, pegaba un grito escalofriante por lo agudo que le ponía los nervios de punta a los bandidos.
El sorprendente Hombre Araña era un pesado y usaba máscara de luchador. Hulk era tan bruto que no se daba cuenta de que cualquier coraje -digamos, un atorón en el Periférico- lo iba a desgraciar.
Ya en tiempos más recientes, los japoneses se dieron a la tarea de crear legiones de Superhéroes cuya característica distintiva son los ojos como de plato, los de moda se llaman Caballeros del Zodíaco y son tan cursis que lloran porque pasó la mosca.
En fin, cada quién que decida con que Superhéroe se queda. Yo por lo pronto me instalaré en un ejercicio mnemotécnico para tratar de identificar al autor de la famosísima frase: "¡A luchar por la Justicia!" porque francamente lo he olvidado ¿no es una pena?
miércoles, 14 de marzo de 2012
entrevistas
Por definición una entrevista implica dos elementos indispensables: un entrevistado y un entrevistador. De este par de personajes es condición asumir que el primero tiene algo interesante que decir y que el segundo es lo suficientemente listo para lograr que ése interés sea evidente. Desgraciadamente tan elemental regla tiene la misma vigencia que la democracia sindical y las más de las veces los resultados son atroces. Esto se debe a diversas condiciones que los protagonistas de una entrevista mantienen y que me interesaría discutir a continuación:
Condición 1: Cuando el que entrevista es íntimo del entrevistado. Pregunta (hombre barbón de saco de pana): “Tú y yo discutimos los detalles de la visión literaria contemporánea ¿te acuerdas?” Respuesta (otro hombre barbón de saco de pana): “Hombre, como no, estábamos en la gran plaza de Bruselas y nevaba. Recuerdo que habíamos perdido los boletos de avión y en ese momento nos dirigíamos a escuchar al gran Salvetrge, el notable filósofo”. Huelga decir que una entrevista así es de hueva y que el mejor medio para transmitir este tipo de intimidades es justamente una sesión íntima de transparencias donde se vea la gran plaza, al gran Salvetrge y la jaula de los changos del zoológico de Bruselas.
Condición 2. Cuando el entrevistador hace preguntas babosas. Pregunta (estudiante de periodismo con catorce neuronas pero que está muy buena): ¿Es difícil escribir? Respuesta (Gloria Nacional que se quiere tirar a la estudiante de periodismo) “Escribir es una comunión con los sentidos”. Dios mío.
Condición 3. Cuando el entrevistado contesta idioteces. Pregunta: “¿La fama no ha alterado su vida?” Respuesta: Insertar aquí una foto de Thalía con la boca abierta, un ramo de fruta en la cabeza y bailando el Tico-Tico.
Condición 4. Cuando el entrevistador pregunta babosadas y el entrevistado responde idioteces. En este caso agregar a la condición anterior una foto de Raúl Velasco muerto de risa mientras lo corretea la India María. Aunque también cabe la de Pati Chapoy o la de Shanik quien sabe qué.
Condición 5. Cuando lo que pregunta el entrevistador y lo que contesta el entrevistado no le interesa ni a Dios padre. Pregunta (conductor de programa de televisión de horario matutino): ¿Y cómo se practica la maxiloplastía dental? Respuesta (médico viejito con una calavera en la mano): Mire usted, es muy sencillo; primero hacemos una incisión en la encía procurando que la infección se canalice”(aquí aparece en pantalla una boca abierta de la que sale sangre y un líquido café).
Condición 6. Cuando el entevistado es político. Pregunta (joven ganoso con cámara y libretita): “¿Quiere usted ser gobernador?” Respuesta (señor gordo, de patillas de taquero y traje a la medida): “Evidentemente el honor de gobernar a (aquí entran los guerrerenses, los vecaruzanos, etc.) entraña grandes responsabilidades y representaría una enorme distinción para cualquiera. Sin embargo, no es momento de aventurerismos ni campañas protagónicas, sino de trabajar por México”.
Condición 7. Cuando el entrevistador tiene hueva. Pregunta (hombre de lentes, crudo que quiere salir del paso). “Platíquenos de usted”. Lo que sigue puede ser peor que la carga de caballería ligera y será más grave en función del grado de badulaquencia del entrevistado que nos puede contar desde su rutina diaria para sentarse a escribir, hasta que de niño fue violado por una banda de neonazis.
En fin, entrevistas seguirá habiendo. Los entrevistadores continuarán afanados por hacer preguntas brillantes y los entrevistados con la enorme obsesión de parecer más inteligentes que la mamá de los pollitos. Es por ello que sugiero que se estandaricen los cuestionarios y la primera pregunta sea invariablemente: “¿quién se comió la caca del caba...?”
Condición 1: Cuando el que entrevista es íntimo del entrevistado. Pregunta (hombre barbón de saco de pana): “Tú y yo discutimos los detalles de la visión literaria contemporánea ¿te acuerdas?” Respuesta (otro hombre barbón de saco de pana): “Hombre, como no, estábamos en la gran plaza de Bruselas y nevaba. Recuerdo que habíamos perdido los boletos de avión y en ese momento nos dirigíamos a escuchar al gran Salvetrge, el notable filósofo”. Huelga decir que una entrevista así es de hueva y que el mejor medio para transmitir este tipo de intimidades es justamente una sesión íntima de transparencias donde se vea la gran plaza, al gran Salvetrge y la jaula de los changos del zoológico de Bruselas.
Condición 2. Cuando el entrevistador hace preguntas babosas. Pregunta (estudiante de periodismo con catorce neuronas pero que está muy buena): ¿Es difícil escribir? Respuesta (Gloria Nacional que se quiere tirar a la estudiante de periodismo) “Escribir es una comunión con los sentidos”. Dios mío.
Condición 3. Cuando el entrevistado contesta idioteces. Pregunta: “¿La fama no ha alterado su vida?” Respuesta: Insertar aquí una foto de Thalía con la boca abierta, un ramo de fruta en la cabeza y bailando el Tico-Tico.
Condición 4. Cuando el entrevistador pregunta babosadas y el entrevistado responde idioteces. En este caso agregar a la condición anterior una foto de Raúl Velasco muerto de risa mientras lo corretea la India María. Aunque también cabe la de Pati Chapoy o la de Shanik quien sabe qué.
Condición 5. Cuando lo que pregunta el entrevistador y lo que contesta el entrevistado no le interesa ni a Dios padre. Pregunta (conductor de programa de televisión de horario matutino): ¿Y cómo se practica la maxiloplastía dental? Respuesta (médico viejito con una calavera en la mano): Mire usted, es muy sencillo; primero hacemos una incisión en la encía procurando que la infección se canalice”(aquí aparece en pantalla una boca abierta de la que sale sangre y un líquido café).
Condición 6. Cuando el entevistado es político. Pregunta (joven ganoso con cámara y libretita): “¿Quiere usted ser gobernador?” Respuesta (señor gordo, de patillas de taquero y traje a la medida): “Evidentemente el honor de gobernar a (aquí entran los guerrerenses, los vecaruzanos, etc.) entraña grandes responsabilidades y representaría una enorme distinción para cualquiera. Sin embargo, no es momento de aventurerismos ni campañas protagónicas, sino de trabajar por México”.
Condición 7. Cuando el entrevistador tiene hueva. Pregunta (hombre de lentes, crudo que quiere salir del paso). “Platíquenos de usted”. Lo que sigue puede ser peor que la carga de caballería ligera y será más grave en función del grado de badulaquencia del entrevistado que nos puede contar desde su rutina diaria para sentarse a escribir, hasta que de niño fue violado por una banda de neonazis.
En fin, entrevistas seguirá habiendo. Los entrevistadores continuarán afanados por hacer preguntas brillantes y los entrevistados con la enorme obsesión de parecer más inteligentes que la mamá de los pollitos. Es por ello que sugiero que se estandaricen los cuestionarios y la primera pregunta sea invariablemente: “¿quién se comió la caca del caba...?”
miércoles, 22 de febrero de 2012
insultos
La modernidad ha traído enormes cambios en el lenguaje, las palabras que antes eran de uso corriente se han ido difuminando por adjetivos menos sutiles e inequívocos que expresen a cabalidad la ira creciente de los capitalinos. Recuerdo, por ejemplo al Corsario Negro que cuando se enojaba decía cosas como: “voto a bríos” o le asestaba a sus adversarios términos como “insolente” o “miserable” para luego encajarlos con su espadota. También recuerdo las polémicas de nuestros hombres de letras que trataban de lucir muy elegantes cuando en realidad lo que querían era mandar a la tiznada a su interlocutor. Términos como “mequetrefe”, “ganapán” o “perdulario” han perdido el vigor de antaño y habría que reconocer que si alguien los utilizara provocarían pitorreo en el remoto caso del que los recibe entendiera su significado. Lo anterior, desde luego, puede ser entendido como un indicador de la creciente pobreza de recursos lingüísticos en el mundo pero esta idea solo puede ser defendida por el que vive con la permanente impresión de que todo tiempo pasado fue mejor, en lo personal creo que en la medida que una lengua expresa mejor lo que uno quiere expresar sin duda se puede decir que evoluciona y contra ello no puede ni debe haber antídoto. Si alguien por ejemplo quiere expresar su opinión sobre las capacidades del prójimo y le dice “tonto” no provocará más que ternura ya que el insulto en cuestión es hay que decirlo, de salva. En esos casos lo mejor es usar el sólido y moderno “pendejo” que se ha vuelto la forma más natural de adjetivar al que nos da un cerrón o a una nube de personajes públicos que día con día nos dan prueba de su lucidez.
Recuerdo que cuando era niño leí un poema de Ernesto Cardenal en el que hablaba de “perros, putas y poetas” y me quedé con una impresión terrible de que palabras tan gordas se pudieran poner en letras de imprenta y más aún que gente respetable las empleara. Por supuesto mi visión estaba troquelada por años d educación, maestras de catecismo y yerbas similares que lo único que lograron fue que entendiera las cosas de la vida tardíamente.
Por supuesto hay excepciones a esta nueva oleada de franqueza verbal, la más conspicua es la de la gente que se ha sumado a la ola de lo políticamente correcto que consiste esencialmente en matizar la crudeza de una palabra por medio de otras que evocan lo mismo pero suenan mejor a nuestros modernos oídos. En este caso se trata de no agraviar a gremios selectos por medio de florituras que parten del supuesto de que los nombres originales (por ejemplo “enano”) eran insultos, cosa que es absurda por donde se le quiera ver.
En estos tiempos el lenguaje se ha hecho infinitamente más descarnado y crudo cosa que por supuesto no me preocupa en lo más mínimo, siempre he considerado que es un poco idiota que la gente hable de formas diferentes de acuerdo a las circunstancias y que un gran paso se daría si en lugar de querer quedar bien en todo momento, nos ocupáramos de decir las cosas como son. Esto siempre suscita temores, hay buenas conciencias que consideran que esta apertura generará catástrofes varias en las nuevas generaciones, sin embargo esto es pura paranoia asociada a la idea, imbécil en sí misma, de que la calidad de una persona se mide por su parquedad y corrección en el uso del lenguaje. Mentira, hay gente con un uso del lenguaje inapelable que no vale nada y otros como el maestro Juan, carpintero de la colonia donde yo nací que hilvanaba carretadas de peladeces por segundo y era una de las mejores personas que he conocido en mi vida.
El caso es que las restricciones no se han ido del todo y como constancia de ello pongo a una señora que comenta la vida de las artistas y que dijo textualmente en su programa de radio: “Fulanita de tal se opero las bubis y las pompas y le quedaron muy en su lugar”. En ese momento sufrí un desmayo del que me repongo ahora para escribir este artículo y mandarle a la dama un diccionario para que comprenda el significado de la castiza palabra “nalgas”.
Recuerdo que cuando era niño leí un poema de Ernesto Cardenal en el que hablaba de “perros, putas y poetas” y me quedé con una impresión terrible de que palabras tan gordas se pudieran poner en letras de imprenta y más aún que gente respetable las empleara. Por supuesto mi visión estaba troquelada por años d educación, maestras de catecismo y yerbas similares que lo único que lograron fue que entendiera las cosas de la vida tardíamente.
Por supuesto hay excepciones a esta nueva oleada de franqueza verbal, la más conspicua es la de la gente que se ha sumado a la ola de lo políticamente correcto que consiste esencialmente en matizar la crudeza de una palabra por medio de otras que evocan lo mismo pero suenan mejor a nuestros modernos oídos. En este caso se trata de no agraviar a gremios selectos por medio de florituras que parten del supuesto de que los nombres originales (por ejemplo “enano”) eran insultos, cosa que es absurda por donde se le quiera ver.
En estos tiempos el lenguaje se ha hecho infinitamente más descarnado y crudo cosa que por supuesto no me preocupa en lo más mínimo, siempre he considerado que es un poco idiota que la gente hable de formas diferentes de acuerdo a las circunstancias y que un gran paso se daría si en lugar de querer quedar bien en todo momento, nos ocupáramos de decir las cosas como son. Esto siempre suscita temores, hay buenas conciencias que consideran que esta apertura generará catástrofes varias en las nuevas generaciones, sin embargo esto es pura paranoia asociada a la idea, imbécil en sí misma, de que la calidad de una persona se mide por su parquedad y corrección en el uso del lenguaje. Mentira, hay gente con un uso del lenguaje inapelable que no vale nada y otros como el maestro Juan, carpintero de la colonia donde yo nací que hilvanaba carretadas de peladeces por segundo y era una de las mejores personas que he conocido en mi vida.
El caso es que las restricciones no se han ido del todo y como constancia de ello pongo a una señora que comenta la vida de las artistas y que dijo textualmente en su programa de radio: “Fulanita de tal se opero las bubis y las pompas y le quedaron muy en su lugar”. En ese momento sufrí un desmayo del que me repongo ahora para escribir este artículo y mandarle a la dama un diccionario para que comprenda el significado de la castiza palabra “nalgas”.
miércoles, 11 de enero de 2012
inventos, inventores, inventarios...
Hace unos días estaba yo haciendo nada y de pronto como si me fuera revelada la teoría evolutiva, me di cuenta que todo lo que me rodeaba tenía un padre, es decir había sido producto del ingenio de un señor al que yo no tenía el gusto de conocer; el lápiz, la silla, el fax, la computadora y las agujetas de mis zapatos. El asunto me dejó un par de enseñanzas; la primera y más dolorosa es que mi acervo neuronal nomás da para ese tipo de clarividencias, la segunda es que nunca he puesto atención a estos padres de todas las cosas que merecerían por lo menos un comentario.
Un invento es en sí mismo un prodigio pero, seamos justos; hay de inventos a inventos. Porque estará de acuerdo, querido lector, que hay un cierto abismo conceptual e intelectual entre el dispensador de pasta de dientes y el fax, a pesar de que ambos se encuentran en el mercado y hacen millonarios a sus creadores.
En la tipología del inventor las categorías se desagregan con limpieza y están encabezadas por una hornada de pobres diablos a los que la gente mira siempre con conmiseración ya que invierten su vida en la búsqueda de cosas extraordinarias para salir de pobres. En este grupo identifico con claridad a los que buscan fórmulas para que salga pelo, a aquellos que quieren producir un bistec que sepa a lechuga y los que diseñan unas tablas en las que se puede apreciar, si se tiene el tiempo y la paciencia suficiente, el día que estaremos destinados a morir. Una vez en una fiesta conocí a un señor que no estaba ebrio ni padecía de retardo mental que invirtió dos horas en explicarme que estaba inventando una gorra que permitiría “conservar las ondas cerebrales”, un servidor, muy interesado preguntó cuál sería la razón para preservar tal patrimonio neurológico y el buen hombre respondió que con el sombrero puesto uno viviría lúcido hasta los cien años ya que nuestras ideas en lugar de perderse en el éter quedarían dentro de nuestro cerebro, en ese momento me quedé pensando que -dado que mi interlocutor no traía su sombrero- había sufrido un desagüe de las ideas que lo había dejado como estaba, por lo que decidí abstenerme de comprar el producto.
El segundo grupo es el de los hombres que tuvieron la idea pero no la prioridad. Prácticamente en cualquier familia hay una historia del tío que inventó la pluma fuente pero perdió la gloria porque fue engañado. Conozco a uno por ejemplo, que vivió convencido de que él inventó el juego del turista mundial (ése en el que el chiste era comprar Liberia) y sufrió un despojo por parte de los gringos por lo que en mudo boicot se negaba a jugarlo.
Existen otros hombres que han hecho cosas utilísimas pero anónimas. No me imagino un mundo sin clips o lo que sería la vida sin la palanca con la que se jala el excusado. Estoy convencido de que he llevado una existencia razonable gracias a la goma de borrar que se inventó para eliminar la evidencia de nuestras inconstancias y errores (por definición soy inconstante y erróneo). Supongo que sólo los familiares de estas personas saben de la valía de su pariente el inventor y me imagino a veces un destino de alcoholismo en el que un señor en la cantina les grita a todos “yo soy el padre del post it” para luego hundirse en llanto.
La última categoría es la de los finales felices y está compuesta por todo producto que a usted le suene a apellido (imaginar en este momento que le es presentado a uno el señor Firestone). En este grupo de ganadores se cuentan todos aquellos que en un cuchitril decidieron poner a prueba una idea y terminaron forrándose en millones que le dan de vivir actualmente a sus numerosos descendientes, quienes nacen, crecen, se reproducen y mueren homenajeando la memoria del abuelo (normalmente un viejo explotador) que los sacó de brujas.
El único invento que he logrado es el de una bebida con tequila que permite después de dos cañonazos la posibilidad de hablar fluidamente lenguas extranjeras, desgraciadamente aún no logro el antídoto para evitar la sensación posterior de que uno fue atropellado por un trotón de tres toneladas. Ni modo.
Un invento es en sí mismo un prodigio pero, seamos justos; hay de inventos a inventos. Porque estará de acuerdo, querido lector, que hay un cierto abismo conceptual e intelectual entre el dispensador de pasta de dientes y el fax, a pesar de que ambos se encuentran en el mercado y hacen millonarios a sus creadores.
En la tipología del inventor las categorías se desagregan con limpieza y están encabezadas por una hornada de pobres diablos a los que la gente mira siempre con conmiseración ya que invierten su vida en la búsqueda de cosas extraordinarias para salir de pobres. En este grupo identifico con claridad a los que buscan fórmulas para que salga pelo, a aquellos que quieren producir un bistec que sepa a lechuga y los que diseñan unas tablas en las que se puede apreciar, si se tiene el tiempo y la paciencia suficiente, el día que estaremos destinados a morir. Una vez en una fiesta conocí a un señor que no estaba ebrio ni padecía de retardo mental que invirtió dos horas en explicarme que estaba inventando una gorra que permitiría “conservar las ondas cerebrales”, un servidor, muy interesado preguntó cuál sería la razón para preservar tal patrimonio neurológico y el buen hombre respondió que con el sombrero puesto uno viviría lúcido hasta los cien años ya que nuestras ideas en lugar de perderse en el éter quedarían dentro de nuestro cerebro, en ese momento me quedé pensando que -dado que mi interlocutor no traía su sombrero- había sufrido un desagüe de las ideas que lo había dejado como estaba, por lo que decidí abstenerme de comprar el producto.
El segundo grupo es el de los hombres que tuvieron la idea pero no la prioridad. Prácticamente en cualquier familia hay una historia del tío que inventó la pluma fuente pero perdió la gloria porque fue engañado. Conozco a uno por ejemplo, que vivió convencido de que él inventó el juego del turista mundial (ése en el que el chiste era comprar Liberia) y sufrió un despojo por parte de los gringos por lo que en mudo boicot se negaba a jugarlo.
Existen otros hombres que han hecho cosas utilísimas pero anónimas. No me imagino un mundo sin clips o lo que sería la vida sin la palanca con la que se jala el excusado. Estoy convencido de que he llevado una existencia razonable gracias a la goma de borrar que se inventó para eliminar la evidencia de nuestras inconstancias y errores (por definición soy inconstante y erróneo). Supongo que sólo los familiares de estas personas saben de la valía de su pariente el inventor y me imagino a veces un destino de alcoholismo en el que un señor en la cantina les grita a todos “yo soy el padre del post it” para luego hundirse en llanto.
La última categoría es la de los finales felices y está compuesta por todo producto que a usted le suene a apellido (imaginar en este momento que le es presentado a uno el señor Firestone). En este grupo de ganadores se cuentan todos aquellos que en un cuchitril decidieron poner a prueba una idea y terminaron forrándose en millones que le dan de vivir actualmente a sus numerosos descendientes, quienes nacen, crecen, se reproducen y mueren homenajeando la memoria del abuelo (normalmente un viejo explotador) que los sacó de brujas.
El único invento que he logrado es el de una bebida con tequila que permite después de dos cañonazos la posibilidad de hablar fluidamente lenguas extranjeras, desgraciadamente aún no logro el antídoto para evitar la sensación posterior de que uno fue atropellado por un trotón de tres toneladas. Ni modo.
viernes, 6 de enero de 2012
Nacionalismo...
“El Nacionalismo se cura viajando”
Camilo José Cela
“El nacionalismo es la extraña creencia de que un país es mejor que otro por virtud del hecho de que naciste ahí”. La frase de Bernard Shaw lo resume todo, pero, trataré de no dejarlo ahí.
Los mexicanos somos un pueblo de mañas y taras entre las que destacan echar lámina en el auto, meterse en las filas, reírse cuando un compatriota se va por la coladera y quizá una de las más perniciosas, ver el canal 2 en compañía de la familia. Siempre me he preguntado cómo es que se nos desgobiernan las entendederas al pasar del individuo a la turba. Evidencias sobran, el grupo que viaja a Alemania con unos sombreros dignos de una orden de presentación ante la PGR, que además se ponen unos bigotes que, sospecho, son los causantes de la epidemia de influenza y que gritan alegremente ondean banderas y le dan tequila a todo aquel que se deje para demostrar el nacional espíritu que nos posee.
Pero esta imagen –la de que somos un pueblo alegre y desmadroso- me parece la menos perniciosa. El problema es cuando empiezan las odas nacionalistas que todo lo desmadran. “México, creo en ti, porque escribes tu nombre con la X, que algo tiene de cruz y de calvario” escribió el Vate López Méndez, probablemente bajo el efecto de sustancias controladas, pero representando ese imaginario popular de fe y devoción por la Patria. ¿Por qué? -me pregunto- algo tan abstracto como una Nación en la que hay desde gandallas y lacras hasta lumbreras y gente de bien puede ser motivo de orgullo genérico? Misterio insondable.
Recuerdo ahora mismo el asunto de Top Gear, la serie británica en la que tres señores que son pendejos pero con carisma se pitorrearon de un auto mexicano y en consecuencia de la Nación. El señor Embajador montó en cólera y armó un zafarrancho (en ese momento me refugié en un bunker por aquello de otra guerra) y exigió una disculpa. El IMER, decidió “boicotear” a la BBC por lo que dejó de transmitir su programación (imaginar a tres rubicundos funcionarios de la BBC con el Jesús de la boca haciendo llamadas frenéticas para evitar tal desastre). El asunto devino en vodevil y para variar dividió a la Nación en dos bandos, los que consideraban que procedía un desagravio y exigían de jodido la Torre de Londres (la mayoría) y los que como un servidor (la minoría) considerábamos que el asunto no daba para nada más que enviar a un comando comandado por Fabiruchis y Bisogno en represalia.
Otra veta del nacionalismo se relaciona con lo que los gringos llama “wishful thinking” que los académicos traducen como “pensamiento ilusorio” pero en mi diccionario personal se llama simplemente candor o ingenuidad. Cada cuatro años, la Nación entera corre a las tiendas o a los camellones se pone su playera de la selección y se dicen cosas como “ahora sí ésta es la buena”. Acto seguido suceden fenómenos muy curiosos, porque los mexicanos en formación de turba llenamos los bares, nos ponemos de pie ante un monitor de 24 pulgadas durante el himno y luego de la victoria sobre Angola, salimos a desmadrar monumentos en honor de los héroes que nos dieron Patria. Lo que sigue es predecible como un meteorito; llega el quinto partido y cualquiera que tenga una lucidez superior a la de un pisapapeles sabrá que es el adviento de una catástrofe, que ocurre noventa minutos después. En ese momento nuevamente las cosas se desgobiernan y se busca la dotación de huevos y jitomates para ir a recibir a los seleccionados que “no se entregaron por su país”
Se entiende poco que es caso por caso, que nadie es ni puede ser mejor o peor en función del lugar donde nació, pero así son las cosas; los tiempos de balcanización y ruptura están muy presentes y poco hay que hacer. Simplemente recordar a Einstein que dijo “El nacionalismo es una enfermedad infantil. Es el sarampión de la humanidad”, que en estos tiempos de pandemias es una verdad de a kilo.
Camilo José Cela
“El nacionalismo es la extraña creencia de que un país es mejor que otro por virtud del hecho de que naciste ahí”. La frase de Bernard Shaw lo resume todo, pero, trataré de no dejarlo ahí.
Los mexicanos somos un pueblo de mañas y taras entre las que destacan echar lámina en el auto, meterse en las filas, reírse cuando un compatriota se va por la coladera y quizá una de las más perniciosas, ver el canal 2 en compañía de la familia. Siempre me he preguntado cómo es que se nos desgobiernan las entendederas al pasar del individuo a la turba. Evidencias sobran, el grupo que viaja a Alemania con unos sombreros dignos de una orden de presentación ante la PGR, que además se ponen unos bigotes que, sospecho, son los causantes de la epidemia de influenza y que gritan alegremente ondean banderas y le dan tequila a todo aquel que se deje para demostrar el nacional espíritu que nos posee.
Pero esta imagen –la de que somos un pueblo alegre y desmadroso- me parece la menos perniciosa. El problema es cuando empiezan las odas nacionalistas que todo lo desmadran. “México, creo en ti, porque escribes tu nombre con la X, que algo tiene de cruz y de calvario” escribió el Vate López Méndez, probablemente bajo el efecto de sustancias controladas, pero representando ese imaginario popular de fe y devoción por la Patria. ¿Por qué? -me pregunto- algo tan abstracto como una Nación en la que hay desde gandallas y lacras hasta lumbreras y gente de bien puede ser motivo de orgullo genérico? Misterio insondable.
Recuerdo ahora mismo el asunto de Top Gear, la serie británica en la que tres señores que son pendejos pero con carisma se pitorrearon de un auto mexicano y en consecuencia de la Nación. El señor Embajador montó en cólera y armó un zafarrancho (en ese momento me refugié en un bunker por aquello de otra guerra) y exigió una disculpa. El IMER, decidió “boicotear” a la BBC por lo que dejó de transmitir su programación (imaginar a tres rubicundos funcionarios de la BBC con el Jesús de la boca haciendo llamadas frenéticas para evitar tal desastre). El asunto devino en vodevil y para variar dividió a la Nación en dos bandos, los que consideraban que procedía un desagravio y exigían de jodido la Torre de Londres (la mayoría) y los que como un servidor (la minoría) considerábamos que el asunto no daba para nada más que enviar a un comando comandado por Fabiruchis y Bisogno en represalia.
Otra veta del nacionalismo se relaciona con lo que los gringos llama “wishful thinking” que los académicos traducen como “pensamiento ilusorio” pero en mi diccionario personal se llama simplemente candor o ingenuidad. Cada cuatro años, la Nación entera corre a las tiendas o a los camellones se pone su playera de la selección y se dicen cosas como “ahora sí ésta es la buena”. Acto seguido suceden fenómenos muy curiosos, porque los mexicanos en formación de turba llenamos los bares, nos ponemos de pie ante un monitor de 24 pulgadas durante el himno y luego de la victoria sobre Angola, salimos a desmadrar monumentos en honor de los héroes que nos dieron Patria. Lo que sigue es predecible como un meteorito; llega el quinto partido y cualquiera que tenga una lucidez superior a la de un pisapapeles sabrá que es el adviento de una catástrofe, que ocurre noventa minutos después. En ese momento nuevamente las cosas se desgobiernan y se busca la dotación de huevos y jitomates para ir a recibir a los seleccionados que “no se entregaron por su país”
Se entiende poco que es caso por caso, que nadie es ni puede ser mejor o peor en función del lugar donde nació, pero así son las cosas; los tiempos de balcanización y ruptura están muy presentes y poco hay que hacer. Simplemente recordar a Einstein que dijo “El nacionalismo es una enfermedad infantil. Es el sarampión de la humanidad”, que en estos tiempos de pandemias es una verdad de a kilo.
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Catàlogo del terror
Hace algunas noches, estaba yo dormido como un bendito, cuando de pronto y sin preverlo, me desperté entre sudoraciones de tenor gordo y, después de un estremecimiento, me di cuenta que había soñado algo que me hizo buscar en la sección amarilla la palabra “psicoanalista”: mi evocación onírica se refería a un anuncio del chocolate Express en el que la protagonista era una ratita de nombre Cuqui. En el sueño yo era uno de los ratoncitos que formaban la prole de la rata y cantaba una canción. El asunto –además de dejarme ligeramente angustiado- me sirvió para recrear algunas escenas de las que he sido testigo y que considero pertenecen a una colección siniestra que hoy, como si fuera el día de muertos, compartiré con usted, queridísimo lector:
La primera escena negra es la siguiente: Julie Andrews, vestida como empleada de helados Holanda, se trepa a una montaña pegando de gritos y seguida por una turba de niños que, a juzgar por su canto, padecen de algún tipo de anencefalia. Ya en la cima, la señora Andrews se enfrenta con el padre de las criaturas (que por su conducta puede ser calificado como un baboso) situado en otra montaña y que también canta nomás que lo siguiente: De jils ar alaaaaiv wit de saund of miuuusic. En respuesta, la holandesa ríe y grita: ahhhhh, a a ahhhhh. Siempre que recuerdo la escena sufro un estremecimiento.
La segunda escena la presencié en el Metro; iba yo agarrado de un tubo observando fascinado a un tipo que escupió un kilo de cáscaras de pepita en la cifra récord de tres estaciones, cuándo atrás de mí, se oyó una voz con timbre parecido al de un globo rozando los rayos de una bicicleta. En el preciso instante que volteaba para identificar el origen del sonido, me encontré con un señor cuya cara estaba a diez centímetros de la mía y que tenía la notable característica física de carecer de nariz. Eso que los analistas llaman subconsciente gritó dentro de mí “¡ay cabrón!” y nomás pegué un brinquito. Sin embargo, el día de hoy cada que me acuerdo sufro un estremecimiento. ¿Sería leproso? ¿Habría perdido la nariz cuando estornudó al rasurarse el bigote? Nunca lo supe.
La tercera de la tarde es escolar y ocurrió un mediodía cuando este servidor y treinta y cinco estudiantes de la escuela secundaria nos encontrábamos muy sentados en clase de radio. Cómo llegué yo ahí me parece un misterio de la orientación vocacional ya que en la rotación para elegir taller mi única habilidad consistió en hacer una pantufla (no dos) de estambre a través del uso eficiente de una tabla con clavos que nos dio la maestra. La clase de radio me permitió la proeza notable de invertir tres años de mi vida dos veces por semana y salir del curso sabiendo tanto de radio como de la técnica para operar el abdomen agudo. El maestro era un chaparrito que llenaba de circuitos el pizarrón con una hueva interplanetaria y luego se dormía fumando mientras nosotros, sus alumnos, copiábamos los dibujos a lo puro güey. Bien, un día mientras El Bulbo –así le decíamos- escribía los ohms de alguna resistencia, se metió un camión al salón. La defensa llegó exactamente donde estaba los watts del sistema y al Bulbo y compañeros de la primera fila, hubo que llevarlos a la enfermería. Iban con los ojos en blanco y veinte años menos de vida.
La cuarta y última de esta sesión la presencié durante una noche en la que los estudiantes hacían gracias en un escenario; el titular de la anécdota era (¿es?) un muchacho que dadas sus proporciones era conocido como el Porky. Pues bien, su santa madre se emperró en que el escuintle bailara la danza del venado y ahí estaba el pobre, encuerado y con unos cuernos muy extraños que le salían de la coronilla, retorciéndose al ritmo de la danza. Cada pasito era un cimbrado de la duela. El momento siniestro fue alcanzado en el preciso momento que le tocaba morirse: el Porky puso tal empeño que al quedar tendido de lado dejó ver un testículo enorme que conmocionó a toda la audiencia. Ese día significó algo para mí el concepto de pena ajena.
Lo dicho, un catálogo del terror al que volveremos de vez en cuando
La primera escena negra es la siguiente: Julie Andrews, vestida como empleada de helados Holanda, se trepa a una montaña pegando de gritos y seguida por una turba de niños que, a juzgar por su canto, padecen de algún tipo de anencefalia. Ya en la cima, la señora Andrews se enfrenta con el padre de las criaturas (que por su conducta puede ser calificado como un baboso) situado en otra montaña y que también canta nomás que lo siguiente: De jils ar alaaaaiv wit de saund of miuuusic. En respuesta, la holandesa ríe y grita: ahhhhh, a a ahhhhh. Siempre que recuerdo la escena sufro un estremecimiento.
La segunda escena la presencié en el Metro; iba yo agarrado de un tubo observando fascinado a un tipo que escupió un kilo de cáscaras de pepita en la cifra récord de tres estaciones, cuándo atrás de mí, se oyó una voz con timbre parecido al de un globo rozando los rayos de una bicicleta. En el preciso instante que volteaba para identificar el origen del sonido, me encontré con un señor cuya cara estaba a diez centímetros de la mía y que tenía la notable característica física de carecer de nariz. Eso que los analistas llaman subconsciente gritó dentro de mí “¡ay cabrón!” y nomás pegué un brinquito. Sin embargo, el día de hoy cada que me acuerdo sufro un estremecimiento. ¿Sería leproso? ¿Habría perdido la nariz cuando estornudó al rasurarse el bigote? Nunca lo supe.
La tercera de la tarde es escolar y ocurrió un mediodía cuando este servidor y treinta y cinco estudiantes de la escuela secundaria nos encontrábamos muy sentados en clase de radio. Cómo llegué yo ahí me parece un misterio de la orientación vocacional ya que en la rotación para elegir taller mi única habilidad consistió en hacer una pantufla (no dos) de estambre a través del uso eficiente de una tabla con clavos que nos dio la maestra. La clase de radio me permitió la proeza notable de invertir tres años de mi vida dos veces por semana y salir del curso sabiendo tanto de radio como de la técnica para operar el abdomen agudo. El maestro era un chaparrito que llenaba de circuitos el pizarrón con una hueva interplanetaria y luego se dormía fumando mientras nosotros, sus alumnos, copiábamos los dibujos a lo puro güey. Bien, un día mientras El Bulbo –así le decíamos- escribía los ohms de alguna resistencia, se metió un camión al salón. La defensa llegó exactamente donde estaba los watts del sistema y al Bulbo y compañeros de la primera fila, hubo que llevarlos a la enfermería. Iban con los ojos en blanco y veinte años menos de vida.
La cuarta y última de esta sesión la presencié durante una noche en la que los estudiantes hacían gracias en un escenario; el titular de la anécdota era (¿es?) un muchacho que dadas sus proporciones era conocido como el Porky. Pues bien, su santa madre se emperró en que el escuintle bailara la danza del venado y ahí estaba el pobre, encuerado y con unos cuernos muy extraños que le salían de la coronilla, retorciéndose al ritmo de la danza. Cada pasito era un cimbrado de la duela. El momento siniestro fue alcanzado en el preciso momento que le tocaba morirse: el Porky puso tal empeño que al quedar tendido de lado dejó ver un testículo enorme que conmocionó a toda la audiencia. Ese día significó algo para mí el concepto de pena ajena.
Lo dicho, un catálogo del terror al que volveremos de vez en cuando
jueves, 16 de junio de 2011
top ten
¿Si estuvieras en una isla desierta en la que hubiera cocos, aborígenes y una videocasetera cuáles serían las diez películas que te llevarías? Solo esa situación extrema o una llamada de Marco Levario me harían pensar sobre el asunto y aquí estoy... pensando.
En el mundo del cine (como en todos los mundos) los mortales se dividen en dos categorías básicas; los que saben y los que no sabemos y que tenemos la única ventaja de ser mayoría aplastante. Los que saben tienen un catálogo de favoritas que se parece tanto al mío como un semáforo a una foca (un día iré a terapia para entender porque se me ocurren tales símiles); para ellos el Ciudadano Kane es una obra maestra, para mí es el recuerdo de un hombre obeso llorando no sé si por un trineo o un perro que se llamaba Rosebud. Los que saben veneran Un perro andaluz de Buñuel y su servidor simplemente evoca la sensación sobrecogedora de entender que un hombre en pleno uso de facultades filmara una retina de vaca y que una masa de otros hombres en pleno uso de facultades lo encontraran una obra maestra. Por supuesto hay más ejemplos Viscontifellinitruffatianos, en todos ellos recuerdo al salir del cine mi sentimiento de soledad intelectual: “soy un estúpido” pensaba, mientras todo mundo explicaba entusiasmado como el cuadro de la pared simbolizaba la relación edípica entre el protagonista y su señora madre.
Actualmente sigo siendo estúpido pera la diferencia es que ya no me da vergüenza y es por ello que quiero contraponer la débil oposición de un lego cinematográfico ante la aplastante mirada de los expertos, a los que mucho respeto pero con los cuáles no me iría a Ciudad Juárez en coche para hablar de cine en el camino. Una última advertencia: no es mi deseo jugar el juego de la simpatía hacia la ignorancia; el que crea que los que sí saben son los villanos se equivoca, como nos equivocamos todos cuando tratamos de imponer una preferencia en los demás.
Precisamente las preferencias siguen leyes darwinianas de evolución y me apresuro a decir que afortunadamente ya que, de otra manera, yo seguiría disfrutando las películas de pastelazos.
Se supone que la experiencia es una fuente en la que abreva la capacidad de discernir y que esta capacidad nos permite tomar una posición decidida ante las disyuntivas que ofrece la vida, sin embargo, la vida nos obliga, cada vez con mayor frecuencia a entrar en un terreno maniqueo en el que la opinión inmediata y definitiva es la única opción aceptable. Si ponemos atención nos daremos cuenta que el “déjeme pensar un poco” es un proceso en peligro de extinción.
En este contexto la definición de diez películas es una tarea tan sencilla como afinar un reactor nuclear ya que son dos las alternativas elementales: determinar, por un lado, si uno al salir del cine expresa cosas como “que peliculón”, o, utiliza la expresión alternativa y ligeramente vulgar “es una mierda”. ¿Con qué películas quedarse? ¿Las que nos hicieron llorar? Pues entonces habría que tomar la imagen de “El Torito” calcinado o el momento en que Bambi pierde a su progenitora. ¿Las que hicieron brotar la adrenalina? No hay más que pensar en Michael Caine disfrazado de señora gozosa en "Vestida para matar", o ¿quizá los filmes (escribir filmes es un recurso literario que reconozco ridículo) que tuvieron un efecto didáctico? Es el caso de María Elena Marqués encerrando en un cuarto a un señor que, se supone, era Francisco González Bocanegra para escribir la letra del Himno Nacional (siempre supuse que el Himno tenía ese tinte bélico porque don Francisco no podía salir de la habitación).
Otro problema es el estado de animo con el que se entra a la sala. ¿Qué tal que el día que uno fue e ver Ocho y medio estaba de un humor de perros? ¿Quién nos asegura que la complacencia ante Rocky I no fue el producto del comercio carnal establecido antes de entrar al cine? Desde luego nadie.
Entiendo, de acuerdo a la encuestas hechas hasta la fecha, existen películas que no pueden fallar en el Top Ten, entiendo también que ninguna de ellas se cuenta en mi propio Hit Parade, así que en este momento y hechas las reservas del caso, aventuro mi propia lista, con la misma sensación de seguridad que sintió el General Custer el día que le dijeron que los indios estaban un poco inquietos.
Die hard
Fight club
The day after tomorrow
Bee movie
Star wars
The godfather
Jurassic park
Alien
Apollo 13
Austin powers
Como puede verse es una lista gobernada por el eclecticismo y la esquizofrenia pero no podría ser de otra manera considerando mis naturales disfunciones. Si me preguntaran mañana seguramente la lista se modificaría lo cual me parece una de las ventajas de no ser un experto en absolutamente nada.
En el mundo del cine (como en todos los mundos) los mortales se dividen en dos categorías básicas; los que saben y los que no sabemos y que tenemos la única ventaja de ser mayoría aplastante. Los que saben tienen un catálogo de favoritas que se parece tanto al mío como un semáforo a una foca (un día iré a terapia para entender porque se me ocurren tales símiles); para ellos el Ciudadano Kane es una obra maestra, para mí es el recuerdo de un hombre obeso llorando no sé si por un trineo o un perro que se llamaba Rosebud. Los que saben veneran Un perro andaluz de Buñuel y su servidor simplemente evoca la sensación sobrecogedora de entender que un hombre en pleno uso de facultades filmara una retina de vaca y que una masa de otros hombres en pleno uso de facultades lo encontraran una obra maestra. Por supuesto hay más ejemplos Viscontifellinitruffatianos, en todos ellos recuerdo al salir del cine mi sentimiento de soledad intelectual: “soy un estúpido” pensaba, mientras todo mundo explicaba entusiasmado como el cuadro de la pared simbolizaba la relación edípica entre el protagonista y su señora madre.
Actualmente sigo siendo estúpido pera la diferencia es que ya no me da vergüenza y es por ello que quiero contraponer la débil oposición de un lego cinematográfico ante la aplastante mirada de los expertos, a los que mucho respeto pero con los cuáles no me iría a Ciudad Juárez en coche para hablar de cine en el camino. Una última advertencia: no es mi deseo jugar el juego de la simpatía hacia la ignorancia; el que crea que los que sí saben son los villanos se equivoca, como nos equivocamos todos cuando tratamos de imponer una preferencia en los demás.
Precisamente las preferencias siguen leyes darwinianas de evolución y me apresuro a decir que afortunadamente ya que, de otra manera, yo seguiría disfrutando las películas de pastelazos.
Se supone que la experiencia es una fuente en la que abreva la capacidad de discernir y que esta capacidad nos permite tomar una posición decidida ante las disyuntivas que ofrece la vida, sin embargo, la vida nos obliga, cada vez con mayor frecuencia a entrar en un terreno maniqueo en el que la opinión inmediata y definitiva es la única opción aceptable. Si ponemos atención nos daremos cuenta que el “déjeme pensar un poco” es un proceso en peligro de extinción.
En este contexto la definición de diez películas es una tarea tan sencilla como afinar un reactor nuclear ya que son dos las alternativas elementales: determinar, por un lado, si uno al salir del cine expresa cosas como “que peliculón”, o, utiliza la expresión alternativa y ligeramente vulgar “es una mierda”. ¿Con qué películas quedarse? ¿Las que nos hicieron llorar? Pues entonces habría que tomar la imagen de “El Torito” calcinado o el momento en que Bambi pierde a su progenitora. ¿Las que hicieron brotar la adrenalina? No hay más que pensar en Michael Caine disfrazado de señora gozosa en "Vestida para matar", o ¿quizá los filmes (escribir filmes es un recurso literario que reconozco ridículo) que tuvieron un efecto didáctico? Es el caso de María Elena Marqués encerrando en un cuarto a un señor que, se supone, era Francisco González Bocanegra para escribir la letra del Himno Nacional (siempre supuse que el Himno tenía ese tinte bélico porque don Francisco no podía salir de la habitación).
Otro problema es el estado de animo con el que se entra a la sala. ¿Qué tal que el día que uno fue e ver Ocho y medio estaba de un humor de perros? ¿Quién nos asegura que la complacencia ante Rocky I no fue el producto del comercio carnal establecido antes de entrar al cine? Desde luego nadie.
Entiendo, de acuerdo a la encuestas hechas hasta la fecha, existen películas que no pueden fallar en el Top Ten, entiendo también que ninguna de ellas se cuenta en mi propio Hit Parade, así que en este momento y hechas las reservas del caso, aventuro mi propia lista, con la misma sensación de seguridad que sintió el General Custer el día que le dijeron que los indios estaban un poco inquietos.
Die hard
Fight club
The day after tomorrow
Bee movie
Star wars
The godfather
Jurassic park
Alien
Apollo 13
Austin powers
Como puede verse es una lista gobernada por el eclecticismo y la esquizofrenia pero no podría ser de otra manera considerando mis naturales disfunciones. Si me preguntaran mañana seguramente la lista se modificaría lo cual me parece una de las ventajas de no ser un experto en absolutamente nada.
jueves, 9 de junio de 2011
dudas??
Este no es necesariamente el más lógico de los mundos y ésa es una verdad con la que lidiamos día con día y que se manifiesta en asuntos tan elementales como el hecho de ver la forma en la que se viste un torero; una especie de pantalones como los que usaban las damas en los sesenta que de tan apretados gangrenan las partes prudentes, una corbatita negra de mesero de taquería, un sombrero (“montera” llaman los entendidos) que parece un pambazo de milanesa, unas medias rosas y unas zapatillas que podrían ser las de la protagonista de Giselle, todo ello coronado por un chaleco cuatro tallas menor al que le correspondería al matador. El atuendo, desde luego, va mediado por las lentejuelas y los colores que pueden ser un delirio. Se me podrá decir que el asunto es una tradición, a lo que replicaría que también lo era ponerse peluca y nadie en su sano juicio lo hace más (a menos que sea un calvo con baja autoestima).
El hecho de que haya cosas que yo no entiendo puede tener varios significados; el más obvio es que soy un pendejo, aunque me otorgo –faltaba más- el beneficio de la duda y confieso que no entiendo, por ejemplo, lo que significa la miscelánea fiscal (me suena a una tienda en la que venden la forma SHCP001-7) o –como ya lo he advertido- el funcionamiento de un aparatito que parece una caja de galletas y que es pulsado por un señor en los juzgados gringos mientras O. J. Simpson aclara que es una víctima de las circunstancias.
El producto se llama versión estenográfica y no tengo la menor idea de si existe alguna diferencia con una transcripción literal.
No comprendo tampoco el principio de la ley de amparo. Está uno (y el mundo) convencido de que fulanito de tal es un verdadero criminal, que se clavó la lana o que estafó a la nación. Lo siguiente que se lee es que tal señor, es decir el criminal, obtuvo un amparo del juez X y que por lo tanto ya no lo pueden meter al bote. Los amparos son el antídoto ideal para burdeles y restaurantes fuera de la ley. Espero al respecto una explicación.
Una fuente de misterios se basa en los noticieros de la madrugada; son las tres de la mañana y la punzada del insomnio aparece, entonces, si uno se dirige al canal adecuado encontrará un señor de corbata que en lugar de la cara de abotagamiento propia de tales horas, nos regala una sonrisa y pasa a informar que un grupo de palestinos apedrearon a soldados israelíes o que los seleccionados nacionales confían en mejorar su desempeño antes de que los apedreados por la turba sean ellos. Y digo yo ¿hay alguien que sienta la imperiosa necesidad de revisar las noticias a esas horas del señor? ¿el programa ha sido diseñado para el honorable gremio de los veladores? ¿los anunciantes se pelean a cachetadas el espacio? ¿sale más barato no apagar la luz y volverla a prender que seguir transmitiendo? Confieso que me sobran preguntas y me faltan respuestas.
¿Por qué hay una Biblia al lado del menú del restaurante en el cajón del buró del hotel? Me imagino que los dueños consideran que el que viaja es un pecador en potencia y que la lectura del buen libro nos hará el favor de sustraernos del mal. El problema es que no hay opciones para ateos, que bien podrían ser los teléfonos de las muchachas o muchachos que por una corta iniciarán al paseante en los misterios del pecado carnal. Tampoco hay opciones para religiones alternativas lo que parecería un acto discriminatorio del que desde luego no me quejo, nomás lo señalo.
No sé qué es un browser ni tengo idea de lo que significa la palabra modem e ignoro el principio a través del cual las moscas se espantan ante una bolsa de plástico llena de agua. Confesé ya que no entiendo el cuento del dinosaurio, escrito por Monterroso. El problema de todo lo anterior es que nadie se acerca a mí con intenciones didácticas, lo que me deja con la penosa opción de seguir luciendo (¡ay!) como un badulaque.
El hecho de que haya cosas que yo no entiendo puede tener varios significados; el más obvio es que soy un pendejo, aunque me otorgo –faltaba más- el beneficio de la duda y confieso que no entiendo, por ejemplo, lo que significa la miscelánea fiscal (me suena a una tienda en la que venden la forma SHCP001-7) o –como ya lo he advertido- el funcionamiento de un aparatito que parece una caja de galletas y que es pulsado por un señor en los juzgados gringos mientras O. J. Simpson aclara que es una víctima de las circunstancias.
El producto se llama versión estenográfica y no tengo la menor idea de si existe alguna diferencia con una transcripción literal.
No comprendo tampoco el principio de la ley de amparo. Está uno (y el mundo) convencido de que fulanito de tal es un verdadero criminal, que se clavó la lana o que estafó a la nación. Lo siguiente que se lee es que tal señor, es decir el criminal, obtuvo un amparo del juez X y que por lo tanto ya no lo pueden meter al bote. Los amparos son el antídoto ideal para burdeles y restaurantes fuera de la ley. Espero al respecto una explicación.
Una fuente de misterios se basa en los noticieros de la madrugada; son las tres de la mañana y la punzada del insomnio aparece, entonces, si uno se dirige al canal adecuado encontrará un señor de corbata que en lugar de la cara de abotagamiento propia de tales horas, nos regala una sonrisa y pasa a informar que un grupo de palestinos apedrearon a soldados israelíes o que los seleccionados nacionales confían en mejorar su desempeño antes de que los apedreados por la turba sean ellos. Y digo yo ¿hay alguien que sienta la imperiosa necesidad de revisar las noticias a esas horas del señor? ¿el programa ha sido diseñado para el honorable gremio de los veladores? ¿los anunciantes se pelean a cachetadas el espacio? ¿sale más barato no apagar la luz y volverla a prender que seguir transmitiendo? Confieso que me sobran preguntas y me faltan respuestas.
¿Por qué hay una Biblia al lado del menú del restaurante en el cajón del buró del hotel? Me imagino que los dueños consideran que el que viaja es un pecador en potencia y que la lectura del buen libro nos hará el favor de sustraernos del mal. El problema es que no hay opciones para ateos, que bien podrían ser los teléfonos de las muchachas o muchachos que por una corta iniciarán al paseante en los misterios del pecado carnal. Tampoco hay opciones para religiones alternativas lo que parecería un acto discriminatorio del que desde luego no me quejo, nomás lo señalo.
No sé qué es un browser ni tengo idea de lo que significa la palabra modem e ignoro el principio a través del cual las moscas se espantan ante una bolsa de plástico llena de agua. Confesé ya que no entiendo el cuento del dinosaurio, escrito por Monterroso. El problema de todo lo anterior es que nadie se acerca a mí con intenciones didácticas, lo que me deja con la penosa opción de seguir luciendo (¡ay!) como un badulaque.
lunes, 6 de junio de 2011
lectura...
El primero (y aparentemente el único) que se dio cuenta de la joda que implica que a uno lo estén enchinchando conque hay que leer, fue Jorge Ibargüengoitia que escribió: “La lectura es un acto libre. Debe uno leer el libro que le apetezca a la hora que le convenga. Y si no le apetece a uno ningún libro, no lee, y no se ha perdido gran cosa”. Por supuesto tenía razón. Sin embargo, la idea de que debemos redimir a nuestro pueblo y sacarlo de sus chanoques y memines se extiende y cobra fuerza como el ariete que encabeza la cruzada nacional por la cultura.
Nuestros prohombres de la intelectualidad se empeñan en demostrarnos que todo el asunto se reduce a una ecuación matemática en la que el aumento de la lectura determina un incremento de nuestras bases culturales y en consecuencia nos hace más independientes. Todo lo anterior -me parece- es una mamadencia .
Permítame, querido lector, tratar de demostrar la aseveración anterior (que parecería criminal) a través de algunos argumentos elementales.
En primer lugar si los badulaques que leen a los clásicos consideran que el escenario ideal es el de un plomero en el Metro que va leyendo a Chesterton para comentar con su compañero de asiento “¡pero que interesante!” el asunto no tiene destino, y este es el momento de abrir un paréntesis para advertir que los badulaques lo son, no porque lean a los clásicos (muy su vida, desde luego), sino porque pretenden que todos imitemos tan noble gesto. La segunda advertencia tiene que ver con las ganas de un plomero (gremio al que respeto con la honorable excepción de uno de sus integrantes que logró que brotara caca de mi baño durante una reunión social) de leer a don Gilbert, que deben ser equivalentes a las de ver desnudo a Paco Stanley. Fin del paréntesis.
La siguiente escena que es necesario imaginar es la de un señor detrás de su hijo Juanito, que está sentado enfrente de una televisión viendo como idiota a los power rangers, tratando de lograr que el retoño asigne a las putizas del Corsario Negro mayor valor que a las que está presenciando en la tele. Nuevamente el asunto no tiene destino ya que Salgari es un alfeñique de 44 kilos comparado con Azcárraga y Chabelo. Si la estrategia para vencer en tan desigual batalla es decretar la lectura, me queda claro que los rangers, como es su costumbre, triunfarán; que Emilio Salgari terminará con un ojo morado y que los niños acabarán sus días en un hospital víctimas de los rayos gamma recibidos de tanto ver televisión.
El tercer y último punto se relaciona con la asignación de los valores culturales. Sucede frecuentemente, por ejemplo, que se considera a la música clásica (llamada culta por los mamones) como superior a los Beatles (llamado el cuarteto Liverpul por los mamones) y a éstos tan grandes que Cornelio Reyna no les llega ni a los talones. Lo mismo sucede con la literatura donde Cornelio Reyna equivale al escritor del libro vaquero.
Se argumentará, desde luego que hay que elegir lo bueno por sobre lo malo, lo trascendente por lo que no lo es, lo inmortal por lo efímero y jaladas en ese tenor. La pregunta inmediata es: ¿de parte de quién? ¿para cumplir qué meta? ¿cuáles son los criterios?
Esto -la aclaración me parece necesaria- no quiere decir que para mí Cornelio Reyna es igual a los Beatles o a Mozart, el asunto tiene que ver, más bien con el fundamentalismo de obligar a los demás a oír a Mahler o leer a Platón. nomás porque son muy trascendentes.
Fernando Savater le recomienda a su hijo Amador: “... hay que dejarse de premios y castigos, en una palabra de cuanto quiere dirigirte desde fuera”. Lo que me parece una verdad del tamaño de una casa. ¿Qué sería bueno que nuestros hijos leyeran? Si, ¿A huevo? Por supuesto que no.
Nuestros prohombres de la intelectualidad se empeñan en demostrarnos que todo el asunto se reduce a una ecuación matemática en la que el aumento de la lectura determina un incremento de nuestras bases culturales y en consecuencia nos hace más independientes. Todo lo anterior -me parece- es una mamadencia .
Permítame, querido lector, tratar de demostrar la aseveración anterior (que parecería criminal) a través de algunos argumentos elementales.
En primer lugar si los badulaques que leen a los clásicos consideran que el escenario ideal es el de un plomero en el Metro que va leyendo a Chesterton para comentar con su compañero de asiento “¡pero que interesante!” el asunto no tiene destino, y este es el momento de abrir un paréntesis para advertir que los badulaques lo son, no porque lean a los clásicos (muy su vida, desde luego), sino porque pretenden que todos imitemos tan noble gesto. La segunda advertencia tiene que ver con las ganas de un plomero (gremio al que respeto con la honorable excepción de uno de sus integrantes que logró que brotara caca de mi baño durante una reunión social) de leer a don Gilbert, que deben ser equivalentes a las de ver desnudo a Paco Stanley. Fin del paréntesis.
La siguiente escena que es necesario imaginar es la de un señor detrás de su hijo Juanito, que está sentado enfrente de una televisión viendo como idiota a los power rangers, tratando de lograr que el retoño asigne a las putizas del Corsario Negro mayor valor que a las que está presenciando en la tele. Nuevamente el asunto no tiene destino ya que Salgari es un alfeñique de 44 kilos comparado con Azcárraga y Chabelo. Si la estrategia para vencer en tan desigual batalla es decretar la lectura, me queda claro que los rangers, como es su costumbre, triunfarán; que Emilio Salgari terminará con un ojo morado y que los niños acabarán sus días en un hospital víctimas de los rayos gamma recibidos de tanto ver televisión.
El tercer y último punto se relaciona con la asignación de los valores culturales. Sucede frecuentemente, por ejemplo, que se considera a la música clásica (llamada culta por los mamones) como superior a los Beatles (llamado el cuarteto Liverpul por los mamones) y a éstos tan grandes que Cornelio Reyna no les llega ni a los talones. Lo mismo sucede con la literatura donde Cornelio Reyna equivale al escritor del libro vaquero.
Se argumentará, desde luego que hay que elegir lo bueno por sobre lo malo, lo trascendente por lo que no lo es, lo inmortal por lo efímero y jaladas en ese tenor. La pregunta inmediata es: ¿de parte de quién? ¿para cumplir qué meta? ¿cuáles son los criterios?
Esto -la aclaración me parece necesaria- no quiere decir que para mí Cornelio Reyna es igual a los Beatles o a Mozart, el asunto tiene que ver, más bien con el fundamentalismo de obligar a los demás a oír a Mahler o leer a Platón. nomás porque son muy trascendentes.
Fernando Savater le recomienda a su hijo Amador: “... hay que dejarse de premios y castigos, en una palabra de cuanto quiere dirigirte desde fuera”. Lo que me parece una verdad del tamaño de una casa. ¿Qué sería bueno que nuestros hijos leyeran? Si, ¿A huevo? Por supuesto que no.
jueves, 9 de diciembre de 2010
poemas
El primer poema escrito por un servidor iniciaba de la siguiente manera: “El granjero está contento y las vacas hacen muuu”. La influencia de este arrebato lírico se debía a la pluma de un puñado de nobles hombres que dedicaban su vida a escribir versitos para los libros de primaria. Por algún misterio zoológico todos los poemas se relacionaban con vacas, chivos y sapitos glo-glo-glo. El día que presenté ante la comunidad escolar mi pieza poética causé diversos efectos que variaron en un espectro comprendido entre la estupefacción, el azoro y las sonrisas conmiserativas. Sin embargo, la crítica más justa la asestó un compañerito escolar de nombre Arturo Villegas (a) El Tololón, que en el momento que terminé se acercó y me dijo “está muy tarado”.Me retiré.
La verdad y a riesgo de ser considerado un ignorante con sensibilidad de tamal, es que nunca he sentido la necesidad de correr a una librería y comprarme el poemario de nadie. Jamás percibí que supusiera una ventaja en el arte de la seducción instalarme al lado de una muchachona y empezar a recitar: “Me gustas cuando callas...”. En realidad una vez sentado en una café con una mujer que yo creí en perfecto uso de razón hasta ese momento, escuché diez minutos de su último poema y pasé un papelazo con el mesero porque ella además de leer subía la voz en los momentos culminantes mientras yo la veía como se mira a una plaga de langosta.
Mi más estrecha relación con la poseía ocurrió durante la infancia debido a que al sonar las tres de la mañana los amigos de mi padre (una bola de señores muy inteligentes, pero muy pedotes), iniciaban la declamación de poemas hasta que los vecinos llamaban a la policía mientras ladraban los perros de la madrugada.Hablar de lo que uno no sabe (ejercicio que he cumplido puntualmente a lo largo de casi toda mi vida) entraña ciertos riesgos; el más conspicuo es que alguien se encabrone y mande cartas que dicen: “¡pero como es posible!”. Ni modo, hoy quiero hablar de mi propia tipología poética que se compone, según yo, de varias opciones.
En primer lugar están los poemas ortodoxos en los que si uno concluye la primera frase con la palabra “antediluviano”, deberá usar en la tercera frase la palabra “mano” y es cosa de seguirse. Otra característica es que se deben usar palabras cuyo significado desconozca el 75% de la población, se recomiendan: “ebúrnea, prístina y mastigofora” (cómo estarán las palabritas que el corrector ortográfico de mi computadora pensó que me había vuelto loco).
Otra categoría es la de los poemas que enseñan en la primaria y que luego a algún viejo pendejo le da por recitar en quince años, bodas o tertulias. Las principales características de estas piezas literarias consisten en que son casi siempre unos tragediones terribles (una tertulia de borrachos se acuerda de su madre, un niño imbécil llamado Paquito dejará de hace travesuras o un actor inglés ira a ver al doctor porque pasa por una depresión fatal). La segunda característica es que los que declaman mueven las manos y pelan los ojos... Es horrible.
La tercera opción es más moderna y se distingue por dos razones muy claras; la primera es que a veces el asunto se vuelve incomprensible y se dicen cosas como: “busco mi sombra, sol, luna ¿te has ido?” y entonces uno no sabe si lo que se fue es el sol, la luna o la inspiración del autor. La segunda propiedad de los poemas modernos es que se considera elegante escribirlos dejando espacios deliberados y entonces se puede leer: Cae la tarde Caes tú.
En fin, no quiero que se piense que esta colaboración se encamina a estigmatizar a la poesía y a los poetas. De hecho siempre he creído que cada quien se dedica a lo que le da la gana y si a alguien le da por hacer versitos pues estupendo. Después de todo, yo mismo cada que tomo tres güisquis, me encasqueto una cachucha, pongo el ojo tuerto, subo a una mesa y me arranco: “con diez cañones por banda, viento en popa a toda vela...”Hasta que me quedo solo.
miércoles, 20 de octubre de 2010
tod@s
Son malos tiempos para hablar claro, la última década nos ha traído una oleada de puritanismo y corrección política que se empieza a expandir como una plaga creciente e irremediable. Parecería que las viejas batallas de activistas combatientes que se enfrentaban con la policía montada se han transmutado en grupos de gente ociosa que vive pendiente de que se hable y se diga lo que la corrección política dicta y no lo que uno piensa. La primera vez que leí “tod@s”, por ejemplo, pensé que se trataba de una errata, pero me di cuenta de inmediato que solo un imbécil se equivocaría de tal manera dado que la “o” y la @ se encuentran en las antípodas del teclado. Mas tarde se me explicó, como se le explica a un idiota que nada entiende, que la razón de la arrova en la palabra era un intento ingeniosón por expresar sintéticamente “todos y todas” y entonces me quedé muy sorprendido de que hubiera gente con el tiempo y la paciencia suficiente para tales mamadencias.
Los paranoicos del mundo (que son una turba) normalmente asumen que absolutamente todo lo que ocurre, se dice o se hace está diseñado para joderlos y entonces buscan signos de agravio con la misma obsesión que Colón a las Indias. Normalmente se empieza por el bulto y entonces se edulcoran los términos que supuestamente son las mayores ofensas en un ejercicio de cierto candor. El razonamiento es el siguiente: “Negro (a pesar de ser un bello color) es algo muy feo de decirle a una persona (no importa que sea negra) y es por ello que hay que buscar una palabra sin esta carga adjetiva”. Acto seguido alguien se devana los sesos y sugiere “afroamericano”, término que se extiende triunfante y se le aplica, por ejemplo, a un negro que nació en Holanda o en China y que nada tiene que ver con estos ajos. Lo mismo pasa ahora con las personas que sufren alguna enfermedad y que ahora se llaman “con capacidades diferentes”. Si bien el término es inapelable, también es cierto que es vago y confuso ya que no orienta en lo más mínimo acerca de lo que se quiere describir.
En esta avalancha los enanos se han convertido en gente pequeña y la cruz roja ahora ya no podrá ser cruz debido a las protestas de los no cristianos en el sentido de que simboliza el valor de una religión y no de todas. Asimismo los indios, a los que uno se imagina con penacho de pluma y un peto de huesos en el plexo solar han dejado de serlo para convertirse en “nativos americanos”, un término tan exacto que permite que en él quepan más de mil millones de personas, entres ellas usted y yo, querido lector…Ay que hueva.
Me imagino a los neólogos sentados en concilio alrededor de una mesa, muy serios y circunspectos y con una lista de palabras que deben ser modificadas para que nos entendamos mejor. Así por ejemplo alguien propone “albino” y todos acuerdan que es un término incorrecto y probablemente despectivo. Entonces el de mayor iniciativa propone “persona desmelanizada”, se vota y todos tan contentos. El caso más triste en este destino de corrección le corresponderá a Kal El, el legendario Superman, que próximamente será bautizado como Superperson, no sea que las feministas se nos vayan a molestar.
A quien lea en estás líneas alguna tentación machista le puedo informar que está equivocad@, es simplemente un llamado a la economía del lenguaje. Si todos nos ponemos a hablar como Fox vamos a tener que duplicar el tiempo invertido en las charlas, que ya es demasiado. Uno no puede ir por la vida diciendo “alumnas y alumnos” o “chiquillos y chiquillas” sin que se le desgaste la traquea. Para hacerla fácil sugiero que empecemos a hablar en femenino, así “ellas” albergará a hombres y mujeres, lo mismo que “bienvenidas”. Con esta simple modificación mataremos como quince pájaros de un tiro. Por un lado quienes alegan acerca del sexismo del lenguaje quedarán satisfechos, por otro, los neuróticos como yo que no entendemos estas imposturas de la vida moderna también lo haremos y entonces viviremos en feliz coincidencia todas y todos o lo que es lo mismo todo@s
Los paranoicos del mundo (que son una turba) normalmente asumen que absolutamente todo lo que ocurre, se dice o se hace está diseñado para joderlos y entonces buscan signos de agravio con la misma obsesión que Colón a las Indias. Normalmente se empieza por el bulto y entonces se edulcoran los términos que supuestamente son las mayores ofensas en un ejercicio de cierto candor. El razonamiento es el siguiente: “Negro (a pesar de ser un bello color) es algo muy feo de decirle a una persona (no importa que sea negra) y es por ello que hay que buscar una palabra sin esta carga adjetiva”. Acto seguido alguien se devana los sesos y sugiere “afroamericano”, término que se extiende triunfante y se le aplica, por ejemplo, a un negro que nació en Holanda o en China y que nada tiene que ver con estos ajos. Lo mismo pasa ahora con las personas que sufren alguna enfermedad y que ahora se llaman “con capacidades diferentes”. Si bien el término es inapelable, también es cierto que es vago y confuso ya que no orienta en lo más mínimo acerca de lo que se quiere describir.
En esta avalancha los enanos se han convertido en gente pequeña y la cruz roja ahora ya no podrá ser cruz debido a las protestas de los no cristianos en el sentido de que simboliza el valor de una religión y no de todas. Asimismo los indios, a los que uno se imagina con penacho de pluma y un peto de huesos en el plexo solar han dejado de serlo para convertirse en “nativos americanos”, un término tan exacto que permite que en él quepan más de mil millones de personas, entres ellas usted y yo, querido lector…Ay que hueva.
Me imagino a los neólogos sentados en concilio alrededor de una mesa, muy serios y circunspectos y con una lista de palabras que deben ser modificadas para que nos entendamos mejor. Así por ejemplo alguien propone “albino” y todos acuerdan que es un término incorrecto y probablemente despectivo. Entonces el de mayor iniciativa propone “persona desmelanizada”, se vota y todos tan contentos. El caso más triste en este destino de corrección le corresponderá a Kal El, el legendario Superman, que próximamente será bautizado como Superperson, no sea que las feministas se nos vayan a molestar.
A quien lea en estás líneas alguna tentación machista le puedo informar que está equivocad@, es simplemente un llamado a la economía del lenguaje. Si todos nos ponemos a hablar como Fox vamos a tener que duplicar el tiempo invertido en las charlas, que ya es demasiado. Uno no puede ir por la vida diciendo “alumnas y alumnos” o “chiquillos y chiquillas” sin que se le desgaste la traquea. Para hacerla fácil sugiero que empecemos a hablar en femenino, así “ellas” albergará a hombres y mujeres, lo mismo que “bienvenidas”. Con esta simple modificación mataremos como quince pájaros de un tiro. Por un lado quienes alegan acerca del sexismo del lenguaje quedarán satisfechos, por otro, los neuróticos como yo que no entendemos estas imposturas de la vida moderna también lo haremos y entonces viviremos en feliz coincidencia todas y todos o lo que es lo mismo todo@s
sábado, 16 de octubre de 2010
formas...
El problema con este país -según yo- es que todo mundo apuesta por el fondo y no por la forma, cuándo es precisamente ésta última la que prevalece en la toma de decisiones de los mexicanos. A la gente -usemos un ejemplo exótico- le gustaría mucho más ver la foto de un candidato disfrazado de mariposita, que analizar su propuesta económica (aunque bien mirado el asunto, debe ser una foto notable). Los publicistas lo saben bien; no importa que el producto que desean vender sea una porquería y saque hongos en la entrepierna después de todo: ¿quién lee las recomendaciones de uso? Lo que realmente rifa es si el producto en cuestión nos deja una apariencia de hombres decididos capaces de sellar un negociazo para luego subir al Concorde y meterse a la cama con una mujer despampanante que se derrite nomás de olerlo a uno... forma señoras y señores.
Es el signo de los tiempos; lo que no le debería importar a nadie es lo que realmente importa. Ahí tenemos fotos de princesas encueradas o llamadas que son interferidas en las que señores que le decían palabrotas al éter son presentadas en cadena nacional. Ahí está el Reforma, presentando una foro de Raúl Salinas sentado en un yate con cara de pasárselo a toda madre, probablemente porque tiene sentada encima en posición de decúbito dorsal a una señora que hoy es su mortal enemiga. Ahí están las Patis Chapoyes y las Shanikes derramando lo que intelectualmente pueden (que es equivalente, usemos términos informáticos, a los bits que caben en un transistor) y en competencia con un programa sobre análisis de la oferta electoral ¿quién tendrá más televidentes?
Y por ahí empieza la opereta, porque a mí me resulta elemental que si uno va a asistir a una cena con la crema y nata de la intelectualidad, tiene que machetearse a Proust y llevar preparado un discurso sobre lo que se piensa gastar en tubas para la sinfónica. Si el destinatario es el público estudiantil, entonces hay que saber cuantos aprueban, cuántos reprueban y quién se sienta en la fila de los burros. Sin embargo, en las próximas elecciones los que cortan el chicharrón y son mayoría se abanican en las tubas de la sinfónica y les vale un pito los índices de deserción ya que forman parte de ellos. Todo aquel que hable de la madurez política del pueblo mexicano simple y llanamente no sabe lo que está diciendo. Esa, mi querido lector, es la cruda realidad y lamento decirlo con esos aires de suficiencia, pero estoy seguro que en esta ciudad y en estos tiempos, la India María tiene más taquilla que un análisis de Lorenzo Meyer ( y esto lo digo con respeto para el maestro Meyer y también para la India María)
En consecuencia me parece que todo aquello que hagan los candidatos para llamar la atención tiene ése sentido; si se trepan a un caballo con riesgo de que les salgan juanetes en las nalgas nomás para que vean que son charros, si cargan niños que huelen a popó, si cantan boleros o declaran que quieren mucho a su mujer, todo ello deberá ser interpretado en el contexto del votante promedio para el que va dirigida la cabalgata (en algunos casos con saldos trágicos como el caso de Del Mazo que no supo meter un boleto en los torniquetes del Metro). Yo pregunto: ¿cuánto se ha discutido en los medios la propuesta específica de cada candidato? la respuesta es paupérrima, pero es también explicable: se trata de ganar no de convencer a la clase ilustrada, que por cierto está haciendo análisis medio mamonsones.Así las cosas no queda más que esperar que los candidatos bailen la zandunga, revitalicen su relación con el pueblo, coman sopa de cabellitos de elote sin que les ganen los ascos y se sigan dando hasta con la cubeta hurgando entre las tinieblas del pasado de sus adversarios.
No recuerdo quién, pero alguien que seguramente era muy listo dijo una vez: La política es el arte de lograr que la gente no se meta en lo que sí le importa... Desgraciadamente, tenía razón
Es el signo de los tiempos; lo que no le debería importar a nadie es lo que realmente importa. Ahí tenemos fotos de princesas encueradas o llamadas que son interferidas en las que señores que le decían palabrotas al éter son presentadas en cadena nacional. Ahí está el Reforma, presentando una foro de Raúl Salinas sentado en un yate con cara de pasárselo a toda madre, probablemente porque tiene sentada encima en posición de decúbito dorsal a una señora que hoy es su mortal enemiga. Ahí están las Patis Chapoyes y las Shanikes derramando lo que intelectualmente pueden (que es equivalente, usemos términos informáticos, a los bits que caben en un transistor) y en competencia con un programa sobre análisis de la oferta electoral ¿quién tendrá más televidentes?
Y por ahí empieza la opereta, porque a mí me resulta elemental que si uno va a asistir a una cena con la crema y nata de la intelectualidad, tiene que machetearse a Proust y llevar preparado un discurso sobre lo que se piensa gastar en tubas para la sinfónica. Si el destinatario es el público estudiantil, entonces hay que saber cuantos aprueban, cuántos reprueban y quién se sienta en la fila de los burros. Sin embargo, en las próximas elecciones los que cortan el chicharrón y son mayoría se abanican en las tubas de la sinfónica y les vale un pito los índices de deserción ya que forman parte de ellos. Todo aquel que hable de la madurez política del pueblo mexicano simple y llanamente no sabe lo que está diciendo. Esa, mi querido lector, es la cruda realidad y lamento decirlo con esos aires de suficiencia, pero estoy seguro que en esta ciudad y en estos tiempos, la India María tiene más taquilla que un análisis de Lorenzo Meyer ( y esto lo digo con respeto para el maestro Meyer y también para la India María)
En consecuencia me parece que todo aquello que hagan los candidatos para llamar la atención tiene ése sentido; si se trepan a un caballo con riesgo de que les salgan juanetes en las nalgas nomás para que vean que son charros, si cargan niños que huelen a popó, si cantan boleros o declaran que quieren mucho a su mujer, todo ello deberá ser interpretado en el contexto del votante promedio para el que va dirigida la cabalgata (en algunos casos con saldos trágicos como el caso de Del Mazo que no supo meter un boleto en los torniquetes del Metro). Yo pregunto: ¿cuánto se ha discutido en los medios la propuesta específica de cada candidato? la respuesta es paupérrima, pero es también explicable: se trata de ganar no de convencer a la clase ilustrada, que por cierto está haciendo análisis medio mamonsones.Así las cosas no queda más que esperar que los candidatos bailen la zandunga, revitalicen su relación con el pueblo, coman sopa de cabellitos de elote sin que les ganen los ascos y se sigan dando hasta con la cubeta hurgando entre las tinieblas del pasado de sus adversarios.
No recuerdo quién, pero alguien que seguramente era muy listo dijo una vez: La política es el arte de lograr que la gente no se meta en lo que sí le importa... Desgraciadamente, tenía razón
lunes, 11 de octubre de 2010
albur
Una de las famas ganadas con mayor justicia que tenemos los mexicanos es la de ser buenos para los albures, esta virtud, que se podría comparar con otros atributos como ser alegres, huevones o de plano llevados de la mala vida, son las que seguramente han contribuido a construir la identidad nacional. Si, por ejemplo, vamos algún día caminando por el aeropuerto Rajaputra de Nueva Delhi y exclamamos algo como “el saco me quedó chico” habrá que afinar el oído y otear el horizonte; escuchar algunas de las siguientes frases nos permitirá identificar a un compatriota perdido en su viaje por Asia: a) medallas y llaveros”; b) “échame de menos”; c) “a travieso, nadie me gana” y d) “¿cómo?”.
La vida no me ha dado la imaginación suficiente para especular acerca del origen del albur. No sé si los españoles tenían éstas pretensiones de andarse jodiendo con chupadas y mechas en la punta. Ignoro, también, si el asunto se originó gracias al ingenio e imaginación de algún príncipe chichimeca que no sabía que uso darle a la palabra camote. Algún sociólogo de ésos que les gusta investigar cosas como los hábitos sexuales de los policías del siglo XIX en la meseta de Oaxaca, quizá ha encontrado que el albur es un producto del mestizaje y que algún azteca receloso decía “sí amo” en nahuatl cuando en realidad estaba diciendo “me agarras”. El hecho es que hoy en día uno debe hablar con la cautela de un adúltero para evitar que los amigotes lo agarren de su güey.Todo este asunto viene a cuento porque el otro día soñé que una empleado de ventanilla en la Secretaría de Hacienda me masacraba a base de albures mientras yo le entregaba mi forma IS24567389”////.
El tipo me decía refieriéndose a los palitos del final de la forma que: yo no había agarrado la onda y que él me iba a dar otra forma. Desperté entre sudores fríos y me dirigí inmediatamente al psicoanalista. Al entrar en el consultorio no pude evitar advertir que la recepcionista tenía más bigote que yo y que usaba un sombrerito que le confería el aspecto de una jaula de guacamayas.
Cuando entré con el doctor y le expliqué mi problema me dijo: “mire amigo, lo que usted necesita es agarrar confianza en sí mismo. Siento que está muy rígido. así que ¿por qué no se sienta y me platica su problema?Me senté.El analista continuó: “su vida se vierte por un agujero, así que ponga atención y trate de recordar los momentos más cálidos de su vida. Seguramente usted de chico daba mucho de que hablar, se enfrascaba en constantes disputas y su madre no lo atendió como era debido. Para superar su problema es menester que descanse ¿Estamos?”“Estamos” respondí.“Bien, le voy a sugerir que acuda con el Dr. Martín Cholano y le cuente lo que a mí me ha contado, seguramente el le ofrecerá el consuelo que su alma necesita.”Desperté por segunda vez y me juré no volver a cenar quesadillas de pápaloquelite. El asunto me ha funcionado pero sin embargo, sigo con inquietudes y es por eso, querido lector que me acojo a su comprensión para que cuando lea estas líneas comprenda que las escribe un hombre desesperado que probablemente se cosa la boca para evitar ir por la vida sufriendo el ingenio ajeno.
La vida no me ha dado la imaginación suficiente para especular acerca del origen del albur. No sé si los españoles tenían éstas pretensiones de andarse jodiendo con chupadas y mechas en la punta. Ignoro, también, si el asunto se originó gracias al ingenio e imaginación de algún príncipe chichimeca que no sabía que uso darle a la palabra camote. Algún sociólogo de ésos que les gusta investigar cosas como los hábitos sexuales de los policías del siglo XIX en la meseta de Oaxaca, quizá ha encontrado que el albur es un producto del mestizaje y que algún azteca receloso decía “sí amo” en nahuatl cuando en realidad estaba diciendo “me agarras”. El hecho es que hoy en día uno debe hablar con la cautela de un adúltero para evitar que los amigotes lo agarren de su güey.Todo este asunto viene a cuento porque el otro día soñé que una empleado de ventanilla en la Secretaría de Hacienda me masacraba a base de albures mientras yo le entregaba mi forma IS24567389”////.
El tipo me decía refieriéndose a los palitos del final de la forma que: yo no había agarrado la onda y que él me iba a dar otra forma. Desperté entre sudores fríos y me dirigí inmediatamente al psicoanalista. Al entrar en el consultorio no pude evitar advertir que la recepcionista tenía más bigote que yo y que usaba un sombrerito que le confería el aspecto de una jaula de guacamayas.
Cuando entré con el doctor y le expliqué mi problema me dijo: “mire amigo, lo que usted necesita es agarrar confianza en sí mismo. Siento que está muy rígido. así que ¿por qué no se sienta y me platica su problema?Me senté.El analista continuó: “su vida se vierte por un agujero, así que ponga atención y trate de recordar los momentos más cálidos de su vida. Seguramente usted de chico daba mucho de que hablar, se enfrascaba en constantes disputas y su madre no lo atendió como era debido. Para superar su problema es menester que descanse ¿Estamos?”“Estamos” respondí.“Bien, le voy a sugerir que acuda con el Dr. Martín Cholano y le cuente lo que a mí me ha contado, seguramente el le ofrecerá el consuelo que su alma necesita.”Desperté por segunda vez y me juré no volver a cenar quesadillas de pápaloquelite. El asunto me ha funcionado pero sin embargo, sigo con inquietudes y es por eso, querido lector que me acojo a su comprensión para que cuando lea estas líneas comprenda que las escribe un hombre desesperado que probablemente se cosa la boca para evitar ir por la vida sufriendo el ingenio ajeno.
el grito
Entre el momento que el cura Hidalgo tomó una decisión y salió a matar gachupines y el día de hoy ha pasado mucho tiempo. Sin embargo su gesta se recuerda año con año a través de un ritual profundamente barroco siguiendo la tan mexicana maña de festejar lo que sea (hace unos días los cadetes del Colegio Militar recrearon la batalla del 13 de septiembre y no me imagino cómo le hicieron para salir derrotados, ni cuáles cadetes representaban a los gringos).“¿Qué si no vas a ir al Grito?” Me preguntaron. Sonreí cortésmente y entonces, como en una avalancha, llegó a mí una cascada de recuerdos (nótese que sigo poético, que chingao) que me dejaron con una sensación de amargura que aún conservo.
El último Grito de Independencia al que asistí tuvo verificativo la noche de un 15 de septiembre de hace siete años; en la expedición iba mi mi amiga Dana, su novio –un hombre de tres metros- y un servidor enfundado en una camiseta de color verde como la esperanza. Todo inició muy mal: el lugar más cercano al zócalo de Coyoacán se hallaba a una distancia equivalente a la que existe entre Lindavista y la central de abastos, por lo que fue necesario emprender una caminata que me hizo envejecer veinte años. Por las calles nos rodeó una nube de compatriotas vestidos como sólo se vestiría alguien que tiene ausencia cerebral; unos llevaban su sombrerote de tres metros y un jorongo con leyendas alusivas como: “viva México cabrones” o “tu mamá me ama”. Cuando llegamos a la plaza y vi a la gente me acordé de una película en la que sale John Wayne con los ojos de alcancía y dirigiendo a una nube de mongoles (entre los que se contaba Pedro Armendáriz, también con ojos de alcancía). Sin embargo, el vértigo producido ante la cantidad de compatriotas no fue una advertencia suficiente y nos metimos a la bola a lo puro güey.
Fue horrible...Como no había referentes cardinales precisos uno iba caminando por medio de fuerzas de carácter newtoniano hasta que se daba en la cabeza con un puesto de algo que aparecía de la nada. Se vendían unos bigotes que olían a pápaloquelite, elotes, buñuelos y hot cakes en los que con dos gotitas de masa salían las chichis de alguna encuerada. En dos ocasiones fue menester que pateara a un infante que había decidido morderme las nalgas. Luego vinieron los cohetes, que iban a explotar en cuatro segundos porque alrededor de la zona donde caían se abría un claro lleno de gente pendeja que se reía de que le tronaran entre las patas. Si daba la casualidad que uno fuera el centro del claro el asunto estaba concluido. A las once salió una figurita miriñáquica que me dijeron era el Delegado, dio el Grito y se metió a cenar. El resto de la gente inició en ese momento una batalla memorable a través de armas contundentes. Como no había piedras se decidió que los elotes eran adecuados para tal fin. En el momento que yo me empezaba a preocupar el destino me dio la razón y se manifestó en forma de un elotazo en la nuca que me borró para siempre el nombre de mis abuelos. Todavía hoy me pregunto como es que no le apuntaron al noviode mi amiga que, como ya expliqué, era un blanco más conspicuo.Eso fue todo: decidí que lo mejor era huir a toda prisa, el pedo es que como en cualquier campaña de guerra el movimiento era envolvente por lo que para caminar en dirección contraria tuve que sortear un cohete, recargarme en el seno de una señora embarazada y besar a uno de bigote. El rumbo hacia el coche fue igual de pausado que la salida de los franceses de Rusia. Al llegar al auto y tratar de ver los estragos de la noche en mi cara lo único que vi fue el hoyo dónde estaba el espejo que se habían robado.Terminamos en casa de diana jugando dominó, ellos riéndose y yo con un humor de los mil diablos.Por eso cuándo me preguntan sonrío cortésmente sin que nadie sepa que por dentro estoy mentando madres.
El último Grito de Independencia al que asistí tuvo verificativo la noche de un 15 de septiembre de hace siete años; en la expedición iba mi mi amiga Dana, su novio –un hombre de tres metros- y un servidor enfundado en una camiseta de color verde como la esperanza. Todo inició muy mal: el lugar más cercano al zócalo de Coyoacán se hallaba a una distancia equivalente a la que existe entre Lindavista y la central de abastos, por lo que fue necesario emprender una caminata que me hizo envejecer veinte años. Por las calles nos rodeó una nube de compatriotas vestidos como sólo se vestiría alguien que tiene ausencia cerebral; unos llevaban su sombrerote de tres metros y un jorongo con leyendas alusivas como: “viva México cabrones” o “tu mamá me ama”. Cuando llegamos a la plaza y vi a la gente me acordé de una película en la que sale John Wayne con los ojos de alcancía y dirigiendo a una nube de mongoles (entre los que se contaba Pedro Armendáriz, también con ojos de alcancía). Sin embargo, el vértigo producido ante la cantidad de compatriotas no fue una advertencia suficiente y nos metimos a la bola a lo puro güey.
Fue horrible...Como no había referentes cardinales precisos uno iba caminando por medio de fuerzas de carácter newtoniano hasta que se daba en la cabeza con un puesto de algo que aparecía de la nada. Se vendían unos bigotes que olían a pápaloquelite, elotes, buñuelos y hot cakes en los que con dos gotitas de masa salían las chichis de alguna encuerada. En dos ocasiones fue menester que pateara a un infante que había decidido morderme las nalgas. Luego vinieron los cohetes, que iban a explotar en cuatro segundos porque alrededor de la zona donde caían se abría un claro lleno de gente pendeja que se reía de que le tronaran entre las patas. Si daba la casualidad que uno fuera el centro del claro el asunto estaba concluido. A las once salió una figurita miriñáquica que me dijeron era el Delegado, dio el Grito y se metió a cenar. El resto de la gente inició en ese momento una batalla memorable a través de armas contundentes. Como no había piedras se decidió que los elotes eran adecuados para tal fin. En el momento que yo me empezaba a preocupar el destino me dio la razón y se manifestó en forma de un elotazo en la nuca que me borró para siempre el nombre de mis abuelos. Todavía hoy me pregunto como es que no le apuntaron al noviode mi amiga que, como ya expliqué, era un blanco más conspicuo.Eso fue todo: decidí que lo mejor era huir a toda prisa, el pedo es que como en cualquier campaña de guerra el movimiento era envolvente por lo que para caminar en dirección contraria tuve que sortear un cohete, recargarme en el seno de una señora embarazada y besar a uno de bigote. El rumbo hacia el coche fue igual de pausado que la salida de los franceses de Rusia. Al llegar al auto y tratar de ver los estragos de la noche en mi cara lo único que vi fue el hoyo dónde estaba el espejo que se habían robado.Terminamos en casa de diana jugando dominó, ellos riéndose y yo con un humor de los mil diablos.Por eso cuándo me preguntan sonrío cortésmente sin que nadie sepa que por dentro estoy mentando madres.
jueves, 25 de marzo de 2010
CONFERENCIAS
Leí con cierto sobresalto que el buen Eusevio Ruvalcaba se había apersonado para dar una conferencia en Almoloya (imaginar al mochaorejas entre la concurrencia) y que en apariencia la pasó bastante bien, aunque relata que algunos lo veían fijamente y con mucha agresividad, lo cuál hubiese sido causal suficiente para que un servidor abandonara el ruedo y se regresara corriendo a casa. El caso es que no quiero hablar de Eusevio o de su capacidad, sino de las conferencias en sí mismas, ya que me parecen un acto social digno de mucha atención.
Se asume normalmente que para que tal evento ocurra, es necesaria una conjunción en la que haya un señor dispuesto a hablar y un par de docenas con ganas de oirlo (lo cual es muy saludable pero a veces está lleno de agujeros como veremos más adelante). Este paso, por cierto, en ocasiones es simplemente incumplible, lo que produce que los organizadores del evento inviten al señor de la luz y al que barre para que se sienten en las butacas y acompañen en su soledad al conferencista, mientras le explican que "es un mal día" o que "con este tránsito seguramente la gente se retrasó".
Lo primero de lo primero es elegir un tema medianamente legible y esto tampoco es cosa fácil, ya que en algunos de los casos, los conferencistas son especialistas a la novena potencia en un tema que, desgraciadamente, solo les interesa a ellos, lo que produce invitaciones a escuchar cosas como: "el uso de condimentos en la cocina poblana del siglo XVI" o " el maltrato doméstico en la tribu huicaxostle: un preludio de modernidad". En estos casos, si el que da la conferencia no cuenta con una familia numerosa, el asunto estará destinado al más irremediable fracaso y el evento se transformará en una tertulia.
Otra opción tiene que ver con temas técnicos. al respecto me remito a la pagina once de El financiero, publicada hace poco, en la que se promueve la asistencia a un pánel para conocer las "estructuras financieras en proyectos de infraestructura del sector privado", en la que el público en general se podrá ver beneficiado de tan invaluable aporte por solo $2,100 mas IVA. En este caso supongo que deben existir seres humanos capáces de informarnos qué carajos es una estructura financiera y como ésta colabora con los proyectos de infraestructura; asumo también que los asistentes no son idiotas, por lo que consideran que el dinero gastado es pura inversion que les permitirá acrecentar sus ganancias o revendre la información a alguien menos preparado.
Una tercera opción, más escalofriante aún, es la de los señores que recetan autoayuda y que le explican al resto de sus congéneres cosas como la forma de hacerse rico, de ser felíz o de enfrentar los problemas del mundo. en este caso se trata de un señor normalmente muy listo, quien ha encontrado una fórmula de ayuda que aplica indiscriminadamente a una nube de gente que claramente no es tan lista y que acude en masa, pagando para aprender técnicas de asertividad que le permitan regresar el plato de ejotes en un restaurante si no está a la tempratura correcta. Los campeones mundiales de esta categoria son un señor que se llama Miguel Angel Cornejo -que le enseña a la gente a ser excelente- y otro que se llama Jaime Maussan, cuyas charlas versan sobre presencias extraterrestres en el planeta, lo que resulta notable (nunca he entendido por qué los extraterrestres son tan misteriosos y no descienden a las doce del dia en el zocalo, en lugar de andársele apareciendo a gente que probablemente, como concecuencia causal de tan honrosa visita, sufre reblandecimiento cerebral), porque de hecho hay gente que asiste y hasta lleva sus videos en los cuales aparece un objeto volador no identificado sobrevolando la colonia Barrio Camisetas.
En todas las conferencias a las que he asistido (que no son muchas), siemrpe hay un baboso que quiere evidenciaral ponente y le pone toritos que empiezan invariablemente diciendo cosas como: "discrepo de su idea en el sentido de que el coronel Jodl fue el culpable del fracaso en la voladura del puente en la batalla de Marengo". Si el conferencista es listo, lo deja hablando solo; pero en caso contrario, se arma un diálogo que termina con los dos con las venas saltadas y gritándose peladeces, mientras la organizadora del evento llama a la cordura.
Conferencias...
Se asume normalmente que para que tal evento ocurra, es necesaria una conjunción en la que haya un señor dispuesto a hablar y un par de docenas con ganas de oirlo (lo cual es muy saludable pero a veces está lleno de agujeros como veremos más adelante). Este paso, por cierto, en ocasiones es simplemente incumplible, lo que produce que los organizadores del evento inviten al señor de la luz y al que barre para que se sienten en las butacas y acompañen en su soledad al conferencista, mientras le explican que "es un mal día" o que "con este tránsito seguramente la gente se retrasó".
Lo primero de lo primero es elegir un tema medianamente legible y esto tampoco es cosa fácil, ya que en algunos de los casos, los conferencistas son especialistas a la novena potencia en un tema que, desgraciadamente, solo les interesa a ellos, lo que produce invitaciones a escuchar cosas como: "el uso de condimentos en la cocina poblana del siglo XVI" o " el maltrato doméstico en la tribu huicaxostle: un preludio de modernidad". En estos casos, si el que da la conferencia no cuenta con una familia numerosa, el asunto estará destinado al más irremediable fracaso y el evento se transformará en una tertulia.
Otra opción tiene que ver con temas técnicos. al respecto me remito a la pagina once de El financiero, publicada hace poco, en la que se promueve la asistencia a un pánel para conocer las "estructuras financieras en proyectos de infraestructura del sector privado", en la que el público en general se podrá ver beneficiado de tan invaluable aporte por solo $2,100 mas IVA. En este caso supongo que deben existir seres humanos capáces de informarnos qué carajos es una estructura financiera y como ésta colabora con los proyectos de infraestructura; asumo también que los asistentes no son idiotas, por lo que consideran que el dinero gastado es pura inversion que les permitirá acrecentar sus ganancias o revendre la información a alguien menos preparado.
Una tercera opción, más escalofriante aún, es la de los señores que recetan autoayuda y que le explican al resto de sus congéneres cosas como la forma de hacerse rico, de ser felíz o de enfrentar los problemas del mundo. en este caso se trata de un señor normalmente muy listo, quien ha encontrado una fórmula de ayuda que aplica indiscriminadamente a una nube de gente que claramente no es tan lista y que acude en masa, pagando para aprender técnicas de asertividad que le permitan regresar el plato de ejotes en un restaurante si no está a la tempratura correcta. Los campeones mundiales de esta categoria son un señor que se llama Miguel Angel Cornejo -que le enseña a la gente a ser excelente- y otro que se llama Jaime Maussan, cuyas charlas versan sobre presencias extraterrestres en el planeta, lo que resulta notable (nunca he entendido por qué los extraterrestres son tan misteriosos y no descienden a las doce del dia en el zocalo, en lugar de andársele apareciendo a gente que probablemente, como concecuencia causal de tan honrosa visita, sufre reblandecimiento cerebral), porque de hecho hay gente que asiste y hasta lleva sus videos en los cuales aparece un objeto volador no identificado sobrevolando la colonia Barrio Camisetas.
En todas las conferencias a las que he asistido (que no son muchas), siemrpe hay un baboso que quiere evidenciaral ponente y le pone toritos que empiezan invariablemente diciendo cosas como: "discrepo de su idea en el sentido de que el coronel Jodl fue el culpable del fracaso en la voladura del puente en la batalla de Marengo". Si el conferencista es listo, lo deja hablando solo; pero en caso contrario, se arma un diálogo que termina con los dos con las venas saltadas y gritándose peladeces, mientras la organizadora del evento llama a la cordura.
Conferencias...
martes, 23 de marzo de 2010
DE TONTOS Y DINOSAURIOS
La evidencia mas concreta que recuerdo de alguien hablando de cosas que no entendía tiene que ver con un maestro que tuve. cuya caracteristica distintiva se podia resumir en 3 palabras: era un estupido.
No recuerdo una sola clase en la que supiera de que estaba hablando, sin embargo, tenia la característica casi milagrosa de aparentar como que sabía y entonces decía con extraordinario aplomo cosas como que el río amarillo se llamaba así por que etaba lleno de orines de chinos o que Praga era la capital de Bulgaria. Si alguien lo corregía parpadeaba para luego afirmar " eso dije"
Traigo esto a colación no porque me parezca particularmente interesante sino porque, creo, refleja una costubre, que es la de hacer como que uno lo entiende todo antes de pasar el papelazo de quedar como un imbecil.
Para ilustrar la idea me ofreceré como voluntario y utilizaré un ejemplo literario que me parece paradigmático y que simplemente no entiendo.
En estos ultimos días he estado leyendo acerca de unos crimenes gracias a una colección de nota roja de mi abuelo. Leyendo uno de estos libros escrito por el sr. Ronquillo, me encontré con la siguiente frase "cuando al lugar de los hechos llegaron los refuerzos, las bolsas, como el dinosaurio de Monterroso, seguian ahí" lo siguiente que hice fué pararme y buscar en el librero los libros de monterroso y sufrí un preinfarto cuando me di cuenta que el impecable orden alfabético de mi abuelo había sido perturbado por la señora que sacude. Finalmente encontré el texto que buscaba, Obras completas (y otros cuentos), lo abrí en la página 71 en la parte superior se leia "el dinosaurio" y todo lo demás, incluida la página siguiente estaba en blanco, en la página 73 pude leer la siguuiente frase "y cuando despertó, el dinosaurio aún estaba ahí" de la cual había escuchado cientos de referencias, entre ellas que es el cuento más pequeño del mundo.
Bien, en este momento haré una serie de dolorosas confesiones, la primera e que no tengo la menor idea de a que se refiere la frase monterrosiana, la segunda, es que no entiendo por qué es un cuento y la tercera es que sospecho que estoy cometiendo un pecado, pero ni modo.
¿A qué se debe que no comprenda algo tan exitoso? citaré algunas posibilidades:
a)soy medio güey
b)no he leido algo que todos ya leyeron
c) estoy amargado.
Podrían ser miles de cosas, pero el hecho es que sigo sin entender el cuento de el dinosaurio y que continuaré pensando que soy un badulaque o utilizando un modelo autoexculpatorio, que los demás tampoco entienden pero hacen como que sí para no lucir como hoy luzco yo.
Un saludo para el señor Monterroso y la esperanza de que algun día revele el secreto, que ya me empieza a oler a podrido.
No recuerdo una sola clase en la que supiera de que estaba hablando, sin embargo, tenia la característica casi milagrosa de aparentar como que sabía y entonces decía con extraordinario aplomo cosas como que el río amarillo se llamaba así por que etaba lleno de orines de chinos o que Praga era la capital de Bulgaria. Si alguien lo corregía parpadeaba para luego afirmar " eso dije"
Traigo esto a colación no porque me parezca particularmente interesante sino porque, creo, refleja una costubre, que es la de hacer como que uno lo entiende todo antes de pasar el papelazo de quedar como un imbecil.
Para ilustrar la idea me ofreceré como voluntario y utilizaré un ejemplo literario que me parece paradigmático y que simplemente no entiendo.
En estos ultimos días he estado leyendo acerca de unos crimenes gracias a una colección de nota roja de mi abuelo. Leyendo uno de estos libros escrito por el sr. Ronquillo, me encontré con la siguiente frase "cuando al lugar de los hechos llegaron los refuerzos, las bolsas, como el dinosaurio de Monterroso, seguian ahí" lo siguiente que hice fué pararme y buscar en el librero los libros de monterroso y sufrí un preinfarto cuando me di cuenta que el impecable orden alfabético de mi abuelo había sido perturbado por la señora que sacude. Finalmente encontré el texto que buscaba, Obras completas (y otros cuentos), lo abrí en la página 71 en la parte superior se leia "el dinosaurio" y todo lo demás, incluida la página siguiente estaba en blanco, en la página 73 pude leer la siguuiente frase "y cuando despertó, el dinosaurio aún estaba ahí" de la cual había escuchado cientos de referencias, entre ellas que es el cuento más pequeño del mundo.
Bien, en este momento haré una serie de dolorosas confesiones, la primera e que no tengo la menor idea de a que se refiere la frase monterrosiana, la segunda, es que no entiendo por qué es un cuento y la tercera es que sospecho que estoy cometiendo un pecado, pero ni modo.
¿A qué se debe que no comprenda algo tan exitoso? citaré algunas posibilidades:
a)soy medio güey
b)no he leido algo que todos ya leyeron
c) estoy amargado.
Podrían ser miles de cosas, pero el hecho es que sigo sin entender el cuento de el dinosaurio y que continuaré pensando que soy un badulaque o utilizando un modelo autoexculpatorio, que los demás tampoco entienden pero hacen como que sí para no lucir como hoy luzco yo.
Un saludo para el señor Monterroso y la esperanza de que algun día revele el secreto, que ya me empieza a oler a podrido.
viernes, 19 de marzo de 2010
DE INTELECTUALES
Me imagino que los servicios diplomáticos de todos los paises del mundo tienen un librito o un manual en el cual se explican las costumbres planetarias y que recomiendan cosas como ver a los ojos de una princesa de bora bora que trae los pechos de fuera, o usar el cuchillo correcto en el baile de los reyes de belgica. Me imagino tambien que en el caso de México hay un apartado así de grande en el que se advierte a los reyes, presidentes o primeros ministros que todo aquel que llegue a estas nuestras nacionales tierras, se enfrentará a una serie de ritos ígnotos que pueden poner su vida en peligro.
El primero y el más conspícuo, consiste en calarle al ilustre visitante un sombrero de mariachi. ¿para qué? lo ignoro, como ignoro el destino que dicha indumentaria tendrá al regreso. El manual debe ilustrar también sobre las visitas a los sitios menos visitables del mundo, como la fábrica de latas o de mofles para motocicleta. Me imagino tambien que el librito de marras advierte sobre la necesidad de usar tapones para los oidos, ya que un matracazo a traición es estímulo suficiente para desgraciarle la trompa de eustaquio a cualquiera.
Sin embargo y aunque usted no lo crea, el tema de esta ocación no es el de las visitas diplomáticas, sino de una parte del rito que siempre ha llamado mi atención por bizarro: el de la cita del visitante con los intelectuales.
Algunas vez un amigo de mi padre viajo a Argentina, lo mismo que un centenar de gorronnes invitados por el presidente; todos aquellos tenían algo en común: eran "intelectuales" (lo pongo entre comillas por que desconozco el significado del término).
La mayoria de estos señores, entre los que se contaban varias glorias nacionales, hicieron lo que la lógica indica y vivieron en completo estado de ebriedad varios días y de regreso se pararon a fayuquear todo lo que pudieron. Digo que era lógico por que yo hubiera hecho lo mismo, despues de todo, ¿qué se esperaba de estos señores? ¿que escribieran sonetos de jueves a domingo?¿Que entendieran las relaciones culturales entre las dos naciones? lo dicho: pura gorra. El único saldo palpable de tal visita, no es una escuela en Buenos Aires qe se llame Benito Juárez o un programa establecido de intercambio cultural, sino una televisión portatil que mi amigo le vendió al ropavejero ya descompuesta.
Pero perdone usted; este tampoco es el tema, lo que quiero discutir es una simple pero perturbadora pregunta ¿ qué carajos es un intelectual? lo que un se imagina es que por tal término debe entenderse que se trata de un sr(a) que se la sabe de todas todas y que ha destacado en un área artística. ¿ por qué artística? misterio de nuevo. Dos problemas percibo: el primero es que nadie se describe a si mismo como "intelectual" ya que no solo suena inmodesto sino ridículo. La paradoja es que son tan brutos que les encanta que los demás sí los distingan de tal manera. El segundo problema, se encuentra en el sistema de acreditación; ¿quién es el que califica al resto dentro de la categoria de intelectuales? Parecería que tal mérito se obtiene con el paso de los años, por lo que nuestra grey del intelecto debe sumar más años que la era cenozóica, asunto con el que tengo nada en contra, aunque, no comparta la idea de que la vejéz sea mérito alguno, como no lo implica ser de Michoacán o vestirse de gris.
En fin, propongo que en el siguiente desayuno de intelectuales nos presentemos en un acto de sabotaje, tosos los que podamos, con el fin de obligar a alguien a explicarnos por qué los que se están comiendo medio kilo de machaca caben en la definición y nosotros no.
Sería buenísimo...
El primero y el más conspícuo, consiste en calarle al ilustre visitante un sombrero de mariachi. ¿para qué? lo ignoro, como ignoro el destino que dicha indumentaria tendrá al regreso. El manual debe ilustrar también sobre las visitas a los sitios menos visitables del mundo, como la fábrica de latas o de mofles para motocicleta. Me imagino tambien que el librito de marras advierte sobre la necesidad de usar tapones para los oidos, ya que un matracazo a traición es estímulo suficiente para desgraciarle la trompa de eustaquio a cualquiera.
Sin embargo y aunque usted no lo crea, el tema de esta ocación no es el de las visitas diplomáticas, sino de una parte del rito que siempre ha llamado mi atención por bizarro: el de la cita del visitante con los intelectuales.
Algunas vez un amigo de mi padre viajo a Argentina, lo mismo que un centenar de gorronnes invitados por el presidente; todos aquellos tenían algo en común: eran "intelectuales" (lo pongo entre comillas por que desconozco el significado del término).
La mayoria de estos señores, entre los que se contaban varias glorias nacionales, hicieron lo que la lógica indica y vivieron en completo estado de ebriedad varios días y de regreso se pararon a fayuquear todo lo que pudieron. Digo que era lógico por que yo hubiera hecho lo mismo, despues de todo, ¿qué se esperaba de estos señores? ¿que escribieran sonetos de jueves a domingo?¿Que entendieran las relaciones culturales entre las dos naciones? lo dicho: pura gorra. El único saldo palpable de tal visita, no es una escuela en Buenos Aires qe se llame Benito Juárez o un programa establecido de intercambio cultural, sino una televisión portatil que mi amigo le vendió al ropavejero ya descompuesta.
Pero perdone usted; este tampoco es el tema, lo que quiero discutir es una simple pero perturbadora pregunta ¿ qué carajos es un intelectual? lo que un se imagina es que por tal término debe entenderse que se trata de un sr(a) que se la sabe de todas todas y que ha destacado en un área artística. ¿ por qué artística? misterio de nuevo. Dos problemas percibo: el primero es que nadie se describe a si mismo como "intelectual" ya que no solo suena inmodesto sino ridículo. La paradoja es que son tan brutos que les encanta que los demás sí los distingan de tal manera. El segundo problema, se encuentra en el sistema de acreditación; ¿quién es el que califica al resto dentro de la categoria de intelectuales? Parecería que tal mérito se obtiene con el paso de los años, por lo que nuestra grey del intelecto debe sumar más años que la era cenozóica, asunto con el que tengo nada en contra, aunque, no comparta la idea de que la vejéz sea mérito alguno, como no lo implica ser de Michoacán o vestirse de gris.
En fin, propongo que en el siguiente desayuno de intelectuales nos presentemos en un acto de sabotaje, tosos los que podamos, con el fin de obligar a alguien a explicarnos por qué los que se están comiendo medio kilo de machaca caben en la definición y nosotros no.
Sería buenísimo...
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